El Dessafio, la historia de un sueño.

Hace cinco años no podíamos ni imaginarlo. Ni siquiera nos conocíamos muchos de nosotros.
En mi cabeza pululaba una idea que sólo me atrevía a comentar con personas de confianza, pero todos la consideraban un sueño utópico por irrealizable. La afición por el ciclismo en un pueblo como el mío era, sencillamente, inexistente. Sólo algunos domingos de verano, cuando venía de vacaciones por aquí, nos reuníamos algunos ciclistas en el parque para hacer rutas de 40 ó 50 kilómetros, principalmente por carreteras secundarias y caminos asfaltados, muy poco transitados, y así fuimos descubriendo poco a poco los secretos de la Sierra Sur de Jaén.
 
Una de nuestras rutas preferidas siempre era la bellísima circular formada por el puerto de Locubín y el de la Martina, por esa pintoresca carretera de montaña que nos lleva a Frailes, pasando por parajes como la «Chorrera del Hoyo«, los «Llanos del Angel» y la Fuente del Raso, todo ello aderezado con la maravillosa vista de Valdepeñas de Jaén al pie de la Sierra de la Pandera, las cumbres de Sierra Nevada y la Sierra del Trigo desde la bajada a Frailes o la Fortaleza de la Mota cuando nos acercamos a Alcalá la Real. Y como broche final, el espectacular valle del río San Juan, presidido por mi pueblo, Castillo de Locubín, desde donde se pueden realizar varias rutas ciclistas de gran belleza.
 
 
El hecho de que mi vida habitual discurra a 400 kilómetros de mi pueblo quizá me ha llevado a ensalzar aún más las virtudes de los paisajes y las sensaciones de mi tierra natal.
 
Aunque empecé a andar en bicicleta de carretera a los 19 años, en 1989, no llegué a tomármelo como un deporte hasta mucho más tarde, cuando me dio por participar en marchas cicloturistas, pasados los 30 años de edad. Desde entonces el ciclismo adquirió una dimensión nueva y se metió hasta la médula en mi forma de pensar y de sentir. En 2005 escribí un artículo, para mí histórico, en el que resumí lo que significaba para mí el ciclismo en aquel momento. El recorrido circular del puerto de Locubín  me servía de buena excusa para ello:
Seguía recorriendo el círculo una y mil veces. Siempre que viajaba a mi pueblo me perdía en bicicleta por los caminos y carreteras de la comarca, descubriendo sensaciones siempre nuevas. Cada vez que volvía de Alcalá ascendiendo la Camuña por el puerto del Castillo miraba extasiado a la derecha, hacia el Este, más allá de la torre árabe de la Nava y justo debajo de la silueta de Sierra Nevada, donde se alineaba la barrera montañosa de la Sierra Sur, una maraña impenetrable de montañas de 1500 a 1800 metros de altitud, sin carreteras asfaltadas que las transitaran.
 
Los receptores de GPS no estaban generalizados. Mi afición a escudriñar viejos mapas topográficos del IGN o del ejército, escasamente actualizados desde tiempos de Franco, me llevaba a comparar los nombres de los valles, las umbrías, los collados y las cimas entre unos mapas y otros, y a soñar cómo poder llegar hasta esos lugares. Una excursión de un día no era suficiente para poder adentrarse en semejante terreno inexplorado.


En mi cerebro martilleaba el sonido de una canción…

Abrázate a los vientos
y cabalga los montes,
que no acabe el paisaje
con el horizonte

(«Para Vivir», Joan Manuel Serrat)

Pero todavía era sólo un principiante.
 
Hace cinco años, decía, no podíamos ni imaginarlo. Hace cinco años, decía, ni siquiera nos conocíamos la mayoría de nosotros.
 
Desde 2003 me dedicaba a recopilar información de rutas de mi comarca en una rudimentaria página web, donde subía mis fotos y los perfiles, hechos a mano al principio, y posteriormente con un ciclocomputador Ciclomaster que compré por internet. Pero me faltaban muchas rutas por conocer, sobre todo las de montaña, ya que yo era más aficionado a la bicicleta de carretera. Un día, uno de los lectores, Manuel Berrio, comentó en el foro que había realizado la ruta de Jaén hasta el Paredón, volviendo por Valdepeñas de Jaén, y me metió la curiosidad en el cuerpo.
 
Un día de verano de 2006 tomé una determinación. Había llegado el momento de intentarlo. Preparé mi bicicleta de montaña, por entonces una flamante Cannondale F600, organicé los bártulos necesarios: mochila, comida, mapas (de papel), herramientas y repuestos, cámara de fotos, agua… y comencé una serie de excursiones para conocer el interior de la sierra. El primer impacto me lo llevé cuando descubrí la zona de Carboneros, subiendo desde Valdepeñas de Jaén y penetré en la finca de la Solana – Los Morales. A pocos cientos de metros de la gran puerta metálica, que cerré a mi paso, me topé con un inmenso venado, que me miraba fijamente a escasos veinte metros de distancia. Uno de los momentos más impactantes de mi vida, que no he vuelto a revivir desde aquella fecha.  Saqué la cámara de la mochila mientras se alejaba. Cada vez estaba más lejos, pero aún pude sacar una foto cuando se giró para mirarme de nuevo en la distancia. En esa misma ruta vi decenas de ciervas bebiendo en el arroyo de Cabañeros o corriendo por las colinas cercanas, y algunos muflones asomados desde las rocas de la Cornicabra. Fue una jornada histórica, cuando regresaba a mi pueblo por el puerto de Locubín no podía creerme lo que había visto, a una distancia relativamente cercana. Esto me animó a buscar más aventuras, siempre con el objetivo de volver a casa a mediodía, por lo que no debían extenderse más allá de las siete horas.
 
El gran reto llegó pocos días después. Sabía que podía llegar a la zona de Carboneros por el lado contrario, desde la Sierra del Trigo, que sólo conocía a través de referencias. También en los mapas se podía ver un larguísimo valle, que me permitiría conectar la parte norte de la Sierra, en la zona de Valdepeñas, con la parte Sureste, en la zona de Noalejo y Frailes. No sabía qué distancia recorría exactamente el valle, ni qué tipo de caminos me encontraría. También sabía que, una vez tomara la decisión de bajar desde el puerto de las Coberteras y el embalse del Quiebrajano, me encontraría al otro lado de las montañas, lo que significaba que el regreso no iba a ser fácil. Como mínimo, tendría que subir otro gran puerto para franquear los aerogeneradores de la Sierra del Trigo y volver a terreno familiar. Pero me encontraba en buena forma física.
 
A las 7 de la mañana inicié la aventura. Para darle un poco más de épica, en lugar de tomar la carretera, me dirigí a Valdepeñas por el camino de tierra de Chircales. Era temprano y tenía ganas. Reposté agua en una fuente donde intercambié breves palabras con un señor mayor, al que pregunté si conocía la bajada de Coberteras hacia Puerto Pitillos y el valle del Valdearazo; cuando supo mi intención de seguir hacia el sur por el valle, se me quedó mirando con escepticismo. Disfruté de las vistas del embalse de Quiebrajano, como siempre, con su característico color azul turquesa y comencé a bajar por puerto Pitillos. La suerte estaba echada. No había cobertura para teléfono móvil. Al fondo se veía una bonita alameda. Las laderas de las altas montañas de alrededor tenían un fuerte color verde oscuro, repletas de encinas, quejigos y otras especies vegetales, típicamente mediterráneas. A mi izquierda unas peculiares formaciones rocosas verticales me llamaban la atención. Años más tarde supe que eran conocidas como «Los Caballos de Ajedrez», debido a las caprichosas formas que han ido adquiriendo con la erosión.
 
Al final de la bajada, después de pasar un pinar y una alameda, me encontré en el cruce de caminos de Cortijo Prados. Dudé qué camino tomar, pero vi a un agente forestal, quien me confirmó que la pista me llevaría hasta la Sierra del Trigo, aunque me dijo que la subida era muy fuerte. Con algo de temor a lo desconocido, pero al mismo tiempo sintiéndome en buena forma física, comencé a circular por el valle del Valdearazo por primera vez en mi vida. Descubrí sitios que ahora se han hecho tan familiares, como el Cortijo Prados o la «fábrica de la luz» de Noalejo, una antigua estación hidroeléctrica, actualmente abandonada. Comencé la subida desde los cortijos de Alamillos por la revirada pista que tan bien conocemos ahora, y vi por primera vez en mi vida la inmensa panorámica del valle desde el puerto de los Alamillos. Sólo esa fotografía valía por sí misma todo el viaje. Llegué sorprendentemente entero a la carretera de Noalejo, donde giré a la derecha, rumbo al Paredón, la montaña más significativa del entorno, con su típica formación de aerogeneradores alineados a lo largo de la arista.
 
Las cosas estaban saliendo según lo planeado. Los mapas de papel no me habían fallado, y ya me encontraba en terreno conocido. En lugar de volver a mi pueblo a través de Los Rosales y Frailes, como iba bien de tiempo, decidí girar por el puerto Pinatero y así enlazar la otra pista que desconocía en aquel tiempo, y que me llevaría directamente hasta la zona de Carboneros. Era la una de la tarde y el sol ya pegaba con mucha fuerza. Justo antes de llegar al collado de Carboneros me encontré con un perro de aspecto agresivo, atado en el camino con una cadena que le permitía gran movilidad. Volver atrás en ese punto era inviable. Tenía el tiempo justo para volver a casa y tenía que pasar por allí. Con más miedo que vergüenza desmonté y pasé caminando, explicándole al perro que yo era un simple transeúnte, que sólo pasaba por allí… ufff… al final alcancé el collado y llegué de nuevo al terreno conocido de Valdepeñas, desde donde volví a casa a punto para la comida. Fueron 100 kilómetros de ruta por montaña. Ese día en mi interior se despertó una ilusión. Había conseguido encontrar la conexión entre los caminos del norte y el sur de nuestra sierra; había visto paisajes y lugares que muy pocos de mis paisanos conocían, pese a estar a una distancia relativamente cercana. Empecé a imaginarme cómo podría ser una gran marcha cicloturista por aquel recorrido de montaña… y soñé.
 
Pero, como decía, hace cinco años ni siquiera nos conocíamos.
 
En 2007, combinando mi afición al ciclismo con la informática y la estadística, actualicé mi página web con todos los datos que había ido recopilando, y se me ocurrió lanzar una propuesta al vuelo: la de organizar una quedada informal el segundo sábado o domingo de octubre, para hacer el recorrido circular completo. La llamé «Travesía de la Sierra Sur», un título nada original pero muy descriptivo. Lancé la propuesta en la web y esperé respuestas. Al principio sólo me respondieron algunos amigos incondicionales de Alcalá y Castillo, con los que compartía rutas frecuentemente, como Rafa Ruiz, Lizana e Isidro Nieto.
 
No me atrevía hacer la propuesta públicamente, aparte de nuestro foro en la web, puesto que no se trataría de una marcha ciclista con garantías, sino de una excursión en grupo, con los inconvenientes que pudieran surgir (averías, accidentes, desfallecimientos, etc…). Por entonces acabábamos de crear el club Ciclocubín y sabía que podía contar con algunos paisanos, más los que leyeran la propuesta y quisieran venir.
 
En un viaje de mi empresa, estando de tránsito en el aeropuerto de Nueva York, sonó mi teléfono móvil. Una voz ilusionada, hablando a toda velocidad al otro lado de la línea, se me presentó diciendo algo así como: «Soy Jaime, de la Peña Ciclista Alcalaína, tú no me conoces pero tengo que hablar contigo porque tu propuesta es extraordinaria, tenemos que juntar un grupo grande de gente y que esto sea noticia. ¿Puedes hablar mañana en la radio?». En todos estos años, Jaime ha seguido siendo el mismo loco impulsivo que pone las pilas a la gente, que empuja para que todo el mundo se implique y contagia la ilusión. Sin duda, lo que vino después no hubiera sido posible sin ese chorro de aire fresco que nos transmitió.
 
El fin de semana del 14 de Octubre fue uno de los más felices de mi vida. Mucha gente se había ido uniendo a la propuesta por internet. Pero para mí hubo otro momento especialmente intenso en la víspera. El sábado 13 de Octubre celebramos la fiesta de cumpleaños de mi abuela Ana, quien llegó a su primer siglo de vida. Cien años llenos de humanidad y trabajo, siendo un ejemplo de esfuerzo, coraje e inteligencia como pocos. Mi abuela era una persona muy admirada, el verdadero espíritu de mi familia paterna. Todos sus hijos, nietos y biznietos (unas 50 personas en total) nos dimos cita en Castillo de Locubín ese día para celebrarlo de una forma muy especial. Fue una tarde muy emotiva. Aunque se encontraba en bastante buena salud y llegó por su propio pie al acto familiar, a las pocas semanas empezó a sufrir una enfermedad pulmonar. Nos dejó apenas un mes después. 
 
El Dessafio, para mí, tiene un doble significado; no puedo evitar recordarla a ella cada vez que paso por las curvas sobre el río Valdearazo y cada una de las veces que he subido al escenario para la entrega de premios del Dessafio. En el fondo de mi corazón, cada uno de los Dessafios que hemos celebrado hasta ahora se lo he dedicado a mi abuela. Sé que, de alguna forma, ella es una de las grandes impulsoras de nuestro proyecto, como si se hubiera marchado justo para reencarnarse en nuestra prueba, nacida pocos meses después…
 
El día 14 de Octubre de 2007 nos reunimos veinticinco ciclistas de diversas procedencias, incluyendo algunos de Madrid, Granada, Cabra, Málaga y otros sitios, para realizar la gran ruta de reconocimiento.
 
La crónica de aquel día puede leerse aquí:
 
Aquel día nos conocimos y nos pusimos cara, puesto que muchos de nosotros sólo hablábamos a través de los foros o los correos electrónicos. A pesar de varios incidentes mecánicos, fue un día redondo de ciclismo y compañerismo.
 
Terminamos comiendo juntos en el parque municipal de Castillo de Locubín, en medio de una cascada de ideas y de sueños. Nos imaginábamos cómo sería aquel recorrido para una prueba ciclista de montaña, con su organización, sus avituallamientos, etc…
 
Mi amigo Isidro Nieto, un corazón jovencísimo de casi 50 años de edad física, pronunció una frase mítica: «Sólo se cumplen los sueños de quien los tiene«, y nos lanzamos a la aventura. 
 
Preparamos una serie de presentaciones, vídeos, planos y fotos. Hicimos un derroche de ilusión para contagiar a los concejales y alcaldes de la comarca. No fue fácil convencer a las instituciones de que el proyecto era viable. Una tarde de invierno de 2008 (un sábado, aprovechando que el ayuntamiento estaba teóricamente cerrado y tendríamos tiempo para explicar el proyecto con tranquilidad) nos reunimos con el alcalde de Castillo de Locubín, José Justo Alvarez. Le presentamos el vídeo y nos dio la clave. Había que implicar a la Diputación de Jaén. Así fue como nos ayudó a hacer llegar el proyecto a la entonces Diputada de Deportes de Jaén, María Angustias Velasco, una persona de actividad desbordante, que contagia ilusión por todo lo que hace. Creemos que el proyecto le encantó, porque la Diputación nos mostró todo el apoyo que necesitábamos para encender la mecha. Era un proyecto que trascendía lo meramente deportivo para convertirse en un evento turístico y cultural, agrupando a cuatro pueblos de la provincia. Su repercusión podría suponer un gran apoyo para el atractivo turístico de nuestra comarca. Las características del proyecto, su dimensión al abarcar un recorrido de 100 kilómetros por el interior de la sierra, y la idea de que la salida y meta se alternara de forma rotatoria entre los cuatro pueblos, eran alicientes que ayudaban mucho a conseguir la implicación de las instituciones. Superamos no pocas dificultades y organizamos la prueba lo mejor que supimos, con ilusión pero con una gran inexperiencia. Recurrimos a la ayuda de un veterano del ciclismo jiennense, Juan Manuel Cano, quien nos ayudó con todas las tareas administrativas, especialmente la burocracia para las instituciones y la Federación Andaluza de Ciclismo.
 

Remigio Olmo asumió el liderazgo de la organización y la coordinación logística desde su sede en Castillo de Locubín, en un papel crucial para que las cosas salieran como debían. Jaime Javier Castillo aportó su trabajo y el de la Peña Ciclista Alcalaína, y otros 20 amigos de la Peña y de Ciclocubín formaron parte de la Organización, cuidando todos los aspectos de la prueba, casi todos ellos anónimamente, pero sin cuyo trabajo nada podría haber salido adelante.

Cuando teníamos diseñadas las bases de lo que sería el primer Dessafio, un pequeño traspiés nos hizo ponernos alertas ante la envergadura de lo que íbamos a afrontar. El 20 de Marzo de 2008 quisimos hacer un ensayo oficial. Era Jueves Santo y pensamos que mucha gente se apuntaría aprovechando las vacaciones, aunque la climatología no era buena, porque se preveían lluvias casi todos los días. Convocamos por internet a los amigos de clubes ciclistas cercanos para que vinieran a Castillo de Locubín, con la intención de realizar el recorrido completo del Dessafio. La previsión meteorológica para la mañana del Jueves no preveía lluvia, pero el terreno estaba muy húmedo por las lluvias de días pasados. Nos presentamos provistos de chubasqueros, y con la misma moral de siempre iniciamos el recorrido. Esta iba a ser la primera vez que un grupo de ciclistas iba a completar el circuito diseñado originalmente para el Dessafio, que posteriormente sufriría dos pequeñas modificaciones hasta configurar el trazado actual. En la primera edición del Dessafio no se contemplaba el paso por los Llanos de Alcalá ni por la zona conocida como «Los Cortijos».

Coronamos el puerto de Chircales con sol, aunque en el horizonte se observaban nubes oscuras sobre las sierras de Valdepeñas. No podíamos imaginarnos lo que nos esperaba un par de horas más tarde. Nada más llegar al valle del Valdearazo, al cruzar el puente para llegar a Cortijo Prados, la pista de tierra se convirtió en una superficie pastosa y pegajosa, que dificultaba mucho la marcha. Ya no podíamos volver atrás. Descansamos en Cortijo Prados dispuestos a seguir la ruta, pero el camino tenía cada vez más barro, que nos impedía avanzar. Comenzó a llover. Ni siquiera podíamos empujar las bicis, porque el barro se acumulaba de tal forma que el roce con las horquillas las dejaba bloqueadas. Tuvimos que desmontar y recorrer a pie unos seis agónicos kilómetros hasta llegar al puerto de Alamillos, con las bicicletas al hombro. A las seis de la tarde conseguimos alcanzar un punto con cobertura telefónica, para avisar al menos a las familias de las circunstancias que nos habíamos encontrado. La sierra es traicionera y ese día nos mostró su peor cara. Ha quedado grabado en nuestras memorias como «el Dessafio del Barro«.

 
El día 4 de Octubre de 2008, más de 200 voluntarios de diferentes asociaciones de la comarca y 500 ciclistas (decicimos limitar la participación por seguridad) hicieron historia en el primer Dessafio de la Sierra Sur, saliendo de Castillo de Locubín.


Isidro Nieto plasmó su experiencia como participante en la prueba en una bonita crónica.

Después vinieron Alcalá la Real, en 2009, con pequeños cambios para mejorar el recorrido y un incremento en el límite de participantes, y Valdepeñas de Jaén, en 2010, donde alcanzamos la madurez como organización, cosechando grandes elogios, tanto de los participantes como de las instituciones, patrocinadores y la prensa. Conseguimos gran repercusión pese a nuestra política de no pagar dinero a ningún medio de comunicación para que publicaran artículos sobre nuestra prueba  ni pagar el caché de ciclistas famosos para que participaran (una costumbre muy común en este mundillo).
 
La cantidad de cosas que han pasado en estos años me han hecho crecer mucho como persona y aprender muchísimo más de la vida, de pequeños sinsabores y de grandes satisfacciones. Cuando veo las carreteras y caminos de nuestra comarca en la actualidad, plagados de ciclistas de todas las edades, incluso niños y jubilados, creo que todo este trabajo ha merecido la pena. Uno de nuestros grandes objetivos, que era la promoción del deporte del ciclismo en nuestra comarca, ya está conseguido, convirtiéndose en un fenómeno imparable.
 
El 8 de Octubre de 2011 se celebra el cuarto Dessafio, esta vez con salida y llegada en Frailes. Se cierra el círculo del proyecto original, después de un largo periplo. Un año más, la organización de la prueba no está siendo nada fácil, pero a estas alturas, a falta de 45 días para el evento, ya tenemos perfilados los detalles más importantes. Un año más nos enfrentamos a un nuevo reto en el que no nos faltarán problemas que resolver, carreras de última hora, alguna discusión con proveedores y alguna traba administrativa. Pero seguro que también vendrán los correos de ánimo de los participantes, las caras de felicidad de los que llegan a meta, las palabras de aliento de los voluntarios y muchas cosas más por las que merece la pena trabajar.
 
He dedicado al Dessafio los momentos más intensos de estos últimos cinco años de vida. Ha sido inevitable robar mucho tiempo a mi familia para poder sacar adelante este proyecto personal y colectivo. He sufrido situaciones de estrés y responsabilidad muy poco gratas, y también he vivido, a nivel personal, grandes decepciones. Hablo en primera persona, pero cualquiera de los miembros de la organización podría suscribir estas mismas palabras.


Aunque las críticas recibidas de participantes y prensa han sido muy positivas en general, cada una de las pequeñas frustraciones vividas, por poco importante que sea, se convierte en una espina clavada, que nos lleva siempre a ver cuán lejos estamos de la perfección. Sin embargo, pese a todo, hemos visto realizado nuestro sueño, y por ello estoy feliz.


El mapa topográfico del Dessafio 2011 permite reconocer todos los lugares que menciono en este artículo: (más información en http://dessafio.org)

 

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