Recordamos lo que fue la prueba París-Brest-Paris 2015, un evento único en el mundo, donde nos dimos cita todos los apasionados de la larga distancia en bicicleta. El siguiente vídeo es un resumen de mi experiencia en aquellos maravillosos cuatro días de agosto, recorriendo todo el norte de Francia, y fue proyectado el pasado sábado 6 de Agosto en Slow Traffic, en el marco de una serie de charlas-coloquio que celebra esta tienda madrileña. Al final del artículo también incluyo enlaces a la película completa, tanto con mis vídeos como con los del GDC Pueblo Nuevo.

 

Y mi crónica de la prueba:

MI CRÓNICA DE LA PARÍS-BREST-PARÍS 2015: 

UN APRENDIZ DE RANDONNEUR



Los treinta ciclistas que nos adherimos a la expedición del GDC Pueblo Nuevo salimos en la madrugada del 14 de Agosto desde Madrid. Nos alojamos en un hotel de La Verriere, próximo a Saint Quentin en Yvelines, punto de partida de la prueba, y allí establecimos nuestra base de operaciones. El día 15 teníamos que pasar las obligatorias revisiones mecánicas (de luces básicamente) para que nos permitieran participar, y el día 16 tomábamos la salida en diferentes horarios, puesto que la Organización había dividido a los participantes en grupos de 500 ciclistas, que fueron sliendo escalonadamente en la tarde del día 16. Algunos ciclistas más salieron en la mañana del día 17. Estos eran los que se habían inscrito con un límite de 84 horas, frente a las 90 horas de la mayoría de nosotros.

En mi grupo estaban Kike, Noelia, David y Ricardo. Fuimos juntos durante el primer tramo de la prueba, hasta poco antes del primer control, situado en Mortagne Au Perche (km 144). Allí nos dispersamos porque cada uno tomó sus propias decisiones (comer, descansar, etc…). Era medianoche cuando salí de Mortagne en solitario, camino de Brest. No me importó pedalear solo porque la carretera estaba llena de lucecitas rojas que me guiaban. Fui alternando diferentes grupos, sin hablar demasiado con ellos. La noche no invitaba, y percibí algo de estrés en algunos. 

A las 3:45 h. estaba llegando a Villaines La Juhel, en el kilómetro 226, donde paré brevemente a comer (la comida que yo llevaba) y continué en solitario. 

A mitad de camino entre Villaines y Fougeres la temperatura se desplomó justo cuando empezaba a despuntar el alba y el sueño hizo acto de presencia. Llevaba ya demasiado tiempo rodando solo. Noté que empezaba a perder un poco el control y quería descansar, pero todavía faltaba bastante para la siguiente parada. En el momento en que más necesitaba un descanso, me topé con un garaje abierto, en el cual una familia con sus hijos estaba ofreciendo café y agua a los ciclistas. Me paré sin pensarlo. Me tomé un café largo, solo y sin azúcar, de un trago. Les dejé un eurito en el bote y salí de nuevo, un poco recuperado, aunque el sueño no tardó en regresar. 

En ese momento me di cuenta de que mi palanca de cambio de platos estaba muy dura. Me costaba muchísimo pasar a plato grande y tuve que detenerme varias veces para ver qué era lo que producía el atasco del cable. Finalmente me di cuenta. La camisa de plástico duro que encamina el cable por la funda se había partido. Seguramente ese fue el chasquido que oí el día anterior cuando saqué la bici de su embalaje de transporte, y que no había sabido identificar originalmente. El cable de acero entraba en ángulo recto en la funda que lo guiaba por el cuadro, lo cual había provocado que empezara a romperse. Aún le quedaba la mitad de los filamentos de acero, pero si seguía manipulando la palanca podría romperlo del todo, quedarme sin cambio y probablemente abandonar la prueba. Sin embargo, si no lo tocaba (es decir, si no cambiaba al plato grande), no lo estaría forzando, por lo que no debería pasar nada. Aún me quedaban 900 kilómetros de prueba. Hacerla íntegramente con el plato pequeño iba a ser duro. Pero no tenía otra opción. Me dispuse a seguir en esas condiciones.

Al no poder poner un desarrollo largo, fui bajando mi velocidad paulatinamente, hasta que me rebasó Joaquín Barradas, del Pueblo Nuevo. Esto me despertó de repente, cambié de ritmo y me puse a seguirlo. Fuimos charlando un rato, lo que me sentó muy bien, hasta el siguiente control.

En Fougeres aproveché para desayunar bien. En el restaurante coincidí con José María Benayas, José Manuel Andrey, Susana y Andrés (Ciclowork), y charlé un poco con ellos. También estaban un poco tocados por el sueño, pero reemprendieron la marcha antes que yo. Aunque paré más de lo que tenía pensado, estuvo dentro de lo razonable. Al salir de Fougeres coincidí con el grupo de valencianos de la Peña Ciclista Massamagrell, (reconocidos randonneurs, de los mejores de España, y entre ellos Jordi López, de la Ciclolista, que me reconoció y me saludó) y con Eduardo Montalvillo, del CC Rivas, con quien fui charlando un buen rato.

El tramo entre Fougeres y Tinteniac es uno de los más fáciles y cortos de la ruta, con sólo 54 km, por lo que llegué a una hora perfecta para comer. Pero en lugar de sentarme en un comedor, preferí comer un bocadillo en el césped. El control estaba saturado de ciclistas y curiosos. Un americano de Seattle se sentó al lado y estuvo charlando un poco conmigo. Vi llegar y salir a varios grupos de españoles, y no tardé mucho en salir.

De nuevo en marcha, ya llevaba 363 kilómetros de ruta, acababa de desayunar y tenía todo el día para avanzar lo máximo posible. Inicialmente había pensado intentar llegar a Carhaix, en el kilómetro 526, pero no sabía si iba a ser capaz de hacerlo o no. 

Como segunda opción tenía la posibilidad de quedarme en Loudeac, en el kilómetro 450, pero parecía demasiado pronto, porque me pillaría a media tarde. De momento, tenía que seguir. En Loudeac me senté a cenar. Seguía rodando en solitario, con compañía esporádica de los ciclistas que iba encontrando por el camino. Pero los acontecimientos cambiaron de improviso. 

En el comedor me encontré con mi amigo Javier Arias, del Pakefte, el viejo compañero de la Londres Edimburgo Londres 2013. Estaba con dos compañeros ingleses, que lo iban acompañando puesto que Javier acababa de recuperarse de una grave caída en la que se había roto el fémur. Una recuperación en tiempo récord, que le había llegado a homologar su participación en la PBP a base de realizar tres pruebas de 600 kilómetros en tres semanas consecutivas, porque la mayoría de las brevets clasificatorias ya se habían celebrado mientras él estaba convaleciente de su operación, y si quería venir a la París-Brest-París, sólo le quedaba la posibilidad de realizar las últimas del calendario, todas ellas de 600 kilómetros. Una hazaña impresionante. Y además, había tomado la salida dos horas más tarde que yo, pero me alcanzó en algo menos de 500 kilómetros.

El caso es que Javier se había dejado llevar por sus compañeros y, según decía, estaba rodando por encima de sus posibilidades, así que me ofreció la posibilidad de quedarse conmigo, y así sus compañeros podrían adelantarse para ir a su ritmo, más alto que el mío. Pero eso sería en la segunda jornada. Todavía teníamos que llegar a Carhaix. Quedamos en vernos en el siguiente control, porque yo ya salía. Todavía no se había puesto el sol cuando tomé el camino de Carhaix, donde llegué cerca de la medianoche. Habían sido 526 kilómetros en 30 horas, con paradas incluidas. Me encontré con Javier en la cola para pedir cama. No estaba mal, teníamos un buen margen para descansar casi cinco horitas. 

Como el club Pueblo Nuevo llevaba un par de vehículos de apoyo, yo había aprovechado para dejar unas bolsas con ropa y comida por si las necesitaba. Y en este punto me vinieron muy bien. Allí estaba Cristina, con el coche que nos había cedido la Federación Madrileña de Ciclismo. Aproveché para coger ropa limpia y mi bolsa de aseo, dejando la ropa usada en la bolsa. Cogí las suficientes cosas para llevar en la bici (en mi bolsa trasera) en caso de que no volviera a utilizar los coches de apoyo, como así fue.

Una buena ducha y una camilla plegable (había cientos de camillas formando hileras en medio del polideportivo) me sentaron mejor que una habitación de hotel de cuatro estrellas.

El día 18 amaneció muy frío y brumoso. A las 5:30 h. de la mañana nos dispusimos a salir. En el camino nos encontramos con Ricardo Agudo, del club Pueblo Nuevo, y con una pareja de Barcelona. Nos cruzamos con Roberto Fernández, el reclinado del Pakefte, que ya estaba de vuelta. Nos sacaba 3 ó 4 horas de ventaja. Llegamos a Brest varios ciclistas juntos, con muy buen humor, tras hacernos las típicas fotos en el puente. Yo seguía con la avería del cambio, sin poder usar el plato grande, a base de pedalear con mayor cadencia. Javier tuvo un gran gesto, y es que mientras yo estaba organizándome con la cámara de vídeo, el selllado, la comida, etc… él localizó el punto de asistencia mecánica y llevó mi bici para reparar el cable del cambio. Lo hicieron bastante rápido y mi problema quedó resuelto. Volví a tener una bicicleta operativa, después de haber estado usando sólo el plato pequeño durante 300 kilómetros.

Ricardo, Javier y yo salimos de Brest a media mañana, con la sensación positiva de que ahora sólo quedaba ir descontando kilómetros. Sin embargo, entramos en una fase de pedaleo cansino, más lento de lo deseable.

Era raro, porque no es que sintiéramos ningún bajón físico, pero quizá nos habíamos dejado llevar por la pereza. Ricardo decidió detenerse a descansar un poco y Javier y yo seguimos hasta el control. En Carhaix analizamos la situación, nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo demasiado tiempo y decidimos subir el ritmo. Queríamos llegar a dormir a Tintèniac, en el kilómetro 867, lo que suponía que en esta segunda jornada íbamos a hacer una «brevet» de 350 kilómetros aproximadamente. Teníamos que apresurarnos si queríamos dormir algo, porque todas las cuentas nos decían que llegaríamos bien entrada la madrugada.

El siguiente tramo, hasta Loudeac, lo hicimos a un ritmo mucho más vivo. Cenamos allí, bastante más satisfechos de como estábamos rodando, y nos encontramos con David, Marcin y Agustín, nuestros compañeros del Pakefte. Fue un encuentro alegre, después de 780 kilómetros, pero tampoco era garantía para formar grupo, puesto que cada uno tenía su ritmo y sus costumbres.

Esbozamos el mismo plan para todos, ya que teníamos intención de dormir en Tintèniac y hacer 300 kilómetros más en la tercera jornada, hasta Dreux. Acordamos que en esos dos puntos en que pensábamos pernoctar podríamos quedar a las 7:00 h para agruparnos. Así, en caso de que alguno llegara más tarde que los demás, tendría un posible punto de encuentro para volver a estar juntos. Simplemente dormiría un poco menos. Salimos de Loudeac cuando ya era noche cerrada, bastante contentos de cómo se estaba desarrollando esta etapa. Habíamos recuperado el tiempo que perdimos por la mañana, pero sobre todo nos encontrábamos muy motivados y animados. Aun así, nos quedaba una tirada de 85 kilómetros para llegar a Tintèniac esa misma noche. Al final llegamos juntos Javier, Marcin y yo a las 2:00 h de la madrugada. Había cola para pedir cama, lo cual nos retrasó media hora, pero finalmente me asignaron una habitación. Era una especie de albergue estudiantil, con instalaciones muy bien dotadas. Me duché y me dispuse a dormir cuatro horas, aunque aquí no hice uso del coche de apoyo. Tuve que secarme con el maillot de manga larga que me había quitado pero me puse ropa limpia y me sentí nuevo. Dormí con el culotte y maillot que usaría al día siguiente (bueno, casi 4 horitas más tarde…)

Por la mañana nos encontramos en el desayuno con David y Agustín. Salimos todos juntos camino de Fougeres, en el kilómetro 921, donde nos dimos un buen homenaje en forma de desayuno. Ya empezábamos a vislumbrar la parte final de la prueba y el cansancio era más que llevadero. Me sentía francamente bien. En el siguiente tramo fuimos formando grupetas de ciclistas de distintos países, en las que frecuentemente nosotros llevábamos la cabeza. Hablé un buen rato con un italiano de Milán, rodamos con la grupeta de Ciclowork (Andrés, Susana, Benayas y Andrey) y con un grupo de vascos, pero al final los grupos se fueron parando en diferentes sitios y el pelotón se redujo llegando a Villaines. Marcin, Javier y yo paramos un buen rato para comer allí, a eso de las 15 h., cuando se estaba celebrando una fiesta y todo el pueblo estaba en la calle. Había música, adornos, grupos de niños disfrazados, etc… En el comedor me dieron preferencia para entrar, por delante de una comitiva donde parecía estar el alcalde. Unos señores y señoras bien vestidos se apartaron amablemente indicándome que pasara por delante de ellos, y un niño de unos 6 añitos vino presuroso para ayudarme a llevar el casco mientras pedía la comida. Bonitos detalles. Sin duda, Villaines la Juhel es el lugar donde más se celebra la PBP y donde más se agasaja a los ciclistas. Acabábamos de superar el kilómetro 1000 de nuestra ruta, lo cual también es un impulso psicológico, pero aún teníamos dos tramos más en el día, para llegar a Dreux a dormir. 

Eran las 16 h aproximadamente. Nos quedaban unos 160 kilómetros hasta Dreux, donde teníamos previsto llegar sobre la medianoche. Camino de Mortagne Au Perche, empecé a pedalear con viveza, pero Javier y Marcin iban más fuertes que yo, y no tardaron en dejarme un poco atrás, cada vez más frecuentemente. Forcé algo más de lo debido y eso hizo que en esta parte del recorrido se me agotaran las fuerzas antes de lo normal. En el ciclismo de larga distancia hay que aprender a vivir «al día» energéticamente, es decir, no puedes pensar en que una «carga de hidratos» previa a la prueba te vaya a durar eternamente, a lo sumo unas horas, por lo que hay que ir comiendo y bebiendo lo que vas a necesitar en el siguiente tramo. Si en algún punto te falta alimentación y fuerzas el ritmo, lo vas a pagar kiómetros después, porque no hay reservas de las que tirar. Eso me pasó en este tramo, lo cual, combinado con el sueño que se iba acumulando a estas alturas de la prueba, me puso en riesgo de sufrir una pájara. Marcin se fue por delante y Javier se quedó conmigo. Cuando se dio cuenta de que estaba empezando a sufrir mi pequeña crisis, Javier me ofreció un sobre de gel con cafeína, que acepté (no podía hacer otra cosa, me lo endosó sin opción a negativa ¡y me lo dio ya abierto y preparado para consumir!). La verdad es que fue mano de santo. Al poco tiempo recuperé la viveza de pedaleo y la velocidad media subió. Se lo agradecí. Muchas veces los demás ven más que uno mismo, y Javier me salvó de un posible desfallecimiento en el momento justo.

Al final llegamos a Mortagne, en el kilómetro 1090, Javier y yo. Nos encontramos con varios ciclistas del GDC Pueblo Nuevo, además de Marcin, David y Agustín. Se me estaban agotando las pilas del GPS y me compré unas en el control. Estuvimos exactamente 30 minutos parados y de allí salimos hacia Dreux. Teníamos 75 kilómetros por delante. En algún punto cerca del final de esta etapa me empezó a fallar el GPS. Las pilas «nuevas» no me habían durado ni tres horas. En ese momento me acordé de la señora de la tienda de Mortagne Au Perche y anoté mentalmente… «¡Nunca más comprar pilas en un control!». Quería registrar bien la ruta, por lo que esto era un buen contratiempo. Aunque llevaba dinamo, no me funcionaba bien el cable para cargar los dispositivos. Necesitaba echarle un vistazo y dejé que mis compañeros se fueran por delante mientras me paraba en un pueblo, a la luz de unas farolas, para tratar de solucionar el problema. Al final conseguí que el cable funcionara, pero había perdido 15 minutos. Afronté el final de la etapa en solitario.

Cuando llegué a Dreux eran las 00:40 h. Me dijeron que David había decidido seguir hasta París. Al fin y al cabo, estábamos a sólo 60 kilómetros de la meta. La teníamos a tiro para acabar la prueba esa misma noche. Pero algo nos decía que no nos iba a gustar entrar en meta de madrugada. Preferíamos dormir un poco y salir al amanecer, pensando en una «entrada triunfal» a media mañana, y por eso nos quedamos a descansar en Dreux. Efectivamente, David llegó a Meta de madrugada, pero tenía a su chica esperándolo, y ese es un acicate fácil de comprender. Tardé en organizar mi logística, porque tenía intención de ducharme, pero aquí no fue posible. Había colas por todas partes. El comedor era impresionante y para dormir ya no había sitio en las camillas plegables, así que me asignaron un «espacio» en el suelo (una especie de tatami) de una nave inmensa. Javier sí consiguió una «cama», pero Marcin se vino a la habitación del tatami. Esta fue la peor noche. Estuve tumbado algo más de 4 horas pero no conseguí dormir bien, me desperté muchas veces, el suelo era incómodo y no sabía cómo poner la cabeza.

A las 6:00 h me levanté, eché un vistazo por los alrededores y viví algunos de mis momentos más místicos en esta prueba. Simplemente estuve observando un rato, caminé por los jardines entre cientos (¿miles?) de bicicletas tiradas por todas partes y grabé algunas escenas con mi cámara mientras disfrutaba el momento bajo la lluvia. Puede parecer extraño, pero hay momentos en que un randonneur llega a obtener una felicidad difícil de explicar, en la que se mezcla el esfuerzo, el cansancio, el objetivo compartido con muchos y la satisfacción del reto superado. Estaba lloviendo. Las luces del alba empezaban a despuntar en el horizonte. Había un enorme trasiego de ciclistas que entraban y salían a las instalaciones deportivas. Estábamos en un sitio grandísimo, con pistas de atletismo, campos de fútbol y pabellones con varias canchas deportivas dentro. Todo estaba lleno de gente. En el restaurante, largas filas de mesas con ciclistas desayunando, muchos durmiendo sobre la mesa o acurrucados en rincones para «romper» el sueño aunque fuera unos minutos o un par de horas y seguir… La lluvia, los ciclistas con chubasqueros (con ese típico sonido que hace el rozar de la tela de chubasquero al moverse), el sonido de las ruedas pisando el suelo mojado… esta es la estampa del ciclismo randonneur más típico, que por suerte sólo tuvimos que ver el último día, porque hasta entonces no había llovido en esta edición de la París-Brest-París.

Nos costó agruparnos porque la lluvia arreció cuando nos disponíamos a salir, a eso de las 7:00 AM, como habíamos previsto, y todo era muy confuso. Una columna de miles de ciclistas, todos vestidos de color verde fosforito y tintineantes luces rojas traseras se dirigía hacia el horizonte, como un ejército interminable en pos de la victoria. Difícil orientarse y localizar a los compañeros. Nos encontramos Agustín, Javier y yo, pero no localizamos a Marcin. Salimos los tres, y al poco tiempo los perdí de vista. Creía que Agus y Javier iban por delante y empecé a acelerar, adelantando grupos a toda velocidad, hasta que me di cuenta de que no podían haberme sacado tanto tiempo. Así que me paré, aprovechando para hacer unas tomas de vídeo, y al poco rato los volví a ver. Ya no nos separamos hasta meta. Los últimos 50 kilómetros fueron un regalo. Los hicimos relajados, contentos por ver que nuestro objetivo se iba a cumplir. Tenía margen para llegar hasta las 12 del mediodía. En mi estudio previo había diseñado un plan para llegar a la meta de Saint Quentin sobre las 10:30 h. Llegados a este punto, cuando nos faltaban 10 kilómetros para meta, lo estaba clavando. Me parecía increíble llegar a ser así de preciso, después de tantos kilómetros y tantas situaciones, pero lo iba a cumplir a rajatabla… si no fuera porque ahí estaba Agus con su factor inesperado, y es que pinchó prácticamente en la recta final, a dos kilómetros de meta. Nos lo tomamos con mucho sentido del humor y fue realmente divertido. Mientras Agus reparaba su pinchazo (se tomó su tiempo), yo saqué fotos y vídeos de los ciclistas que nos iban pasando. La frase más escuchada era «Oh my god!!». Una pequeña anécdota que nos llevó a entrar en meta finalmente a las 10:50 h, veinte minutos más tarde de lo previsto en mi matemático plan, con algo más de una hora de margen sobre mi cierre de control.

Más allá del tiempo empleado, ha sido una experiencia fantástica, por la mezcla cultural, por el calor de la gente por todos los pueblecitos que pasábamos, por la logística que supone un evento tan grande como este y por la satisfacción que queda cuando uno consigue superar un reto que se había propuesto hace tantos años. Por todo ello, estoy satisfecho y contento de haber participado en esta París-Brest-París 2015.

Y mis números, para tenerlos registrados y recordarlos en el futuro, por si ayudan en la planificación de alguien:

Enlaces a la ruta recogida en Strava:

PBP2015_Jornada1 – Saint Quentin-Carhaix (km 0-526)
PBP2015_Jornada2 – Carhaix-Tinteniac (km 526-867)
PBP2015_Jornada3 – Tinteniac-Dreux (km 867-1167)
PBP2015_Jornada4 – Dreux-Saint Quentin (km 1167-1230)

 

Videocrónica completa:

Esta es mi videocrónica completa de la París-Bres-París 2015:

Esta película está hecha a base de videoclips, algunos grabados por mí, otros por Rafa Cortegana y otros son montajes obtenidos de las redes sociales. Se puede ver de un tirón o seleccionar algunos de los clips. A gusto del consumidor. Todos los videoclips seguidos duran 84 minutos. Si se quieren ver fraccionados, estas serían mis sugerencias:

1) Para ver el montaje de Rafa Cortegana y el club Pueblo Nuevo, pinchar en la siguiente lista de reproducción:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLaQTu6JfgDGh6RNbcgcX51WpMXZXL9j0G

2) Para ver sólo mi montaje personal (José Jiménez) con mis vídeos y mis fotos:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLaQTu6JfgDGh2TO7tNAMsukM2yKk0HD4W

3) Para ver los vídeos separados:

Viaje a París (Jose)
Momentos previos de Rafa
– La PBP de Jose (SalidaKm 0-526, Km 526-867, Km 867-1167, Km 1163-1230)
– La PBP de Rafa (Km 0-526, Km 526-867, Km 867-1230)
Gráfico de evolución de los ciclistas a lo largo de la ruta (Redes sociales)
Montaje de fotos de la salida (Redes sociales)
Montaje de fotos «Cuando el cansancio aprieta» (Redes Sociales)
Montaje de fotos del GDC Pueblo Nuevo (varios autores)
Montaje de fotos de José Jiménez 



Todas mis fotos de la PBP2015 pueden verse aquí:
https://picasaweb.google.com/107800590932972178412/20150823_Paris_Brest_Paris

20150823_Paris_Brest_Paris
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