En 2005, por Septiembre, escribí un artículo con el que di comienzo a una nueva forma de sentir mi pasión por el ciclismo. Por aquel entonces, mi hija Rocío empezaba a ir al colegio. A día de hoy he conseguido transmitirle en cierta medida la pasión por vivir en bici, con todo lo que conlleva. Mi vida ciclista también evoluciona. Ahora, después de haber conseguido superar algunas Superbrevets (pruebas de larga distancia), siento que he cumplido objetivos que me marqué hace mucho tiempo. Precisamente en el arranque de esta nueva aventura en internet con el blog «Vivir en Bici» es momento de echar la vista atrás y recordar aquel texto, con el que me sentí tan identificado, a pesar de que el paso del tiempo haya podido dejar obsoleta alguna de sus reflexiones. Esto es lo que escribí:

¿Qué es el cicloturismo? ¿Cicloturistas o ciclodeportistas? ¿Hay que llevar alforjas para ser cicloturista? ¿Se puede hacer deporte y apreciar la naturaleza al mismo tiempo?
 
Pese a que mi pueblo estaba en fiestas y me había ido tarde a la cama, el despertador no llegó a sonar; me desperté con las primeras luces del alba y me levanté sigilosamente para no molestar a mi mujer y a las niñas, que dormían en la misma habitación (en casa de mis suegros, en el pueblo, no disponemos de habitaciones individuales para todos). Las temperaturas todavía no eran muy frías en Jaén, y mi ropa de ciclismo estaba preparada en una silla del patio. Miré al cielo antes de elegir. Las nubes grises me hicieron temer una jornada húmeda; decidí dejar la cámara de fotos en casa y coger el chubasquero, por si acaso. Una camiseta interior y un maillot de verano más los manguitos serán suficientes para afrontar la jornada.
 

Salgo a la plaza y me dirijo a la fuente, de la que fluye continuamente el mejor agua del mundo. Lleno los botes y cruzo la línea de salida sin aglomeraciones, sin megafonía y sin dorsal. Las farolas de la plaza están aún encendidas, poco después de las 8 de la mañana. El pueblo destila ese silencio resacoso de los días de feria, sólo interrumpido por el canto de algunos pájaros o el ruido del vehículo de algún agricultor despistado que no conoce festivos. Al pasar por el puente sobre el río san Juan, a 640 metros de altitud, comienzo el ascenso al puerto de Locubín, con buenas sensaciones en las piernas. A ratos sentado y a ratos de pie, subo el primer tramo de 4 kms entre el 5% y el 7% de pendiente media, y paso junto a los cortijos de la Sierrezuela y Fuente Rueda. El cielo está encapotado, noto una brisa fresca y húmeda que me sienta bien. La tierra de las cunetas muestra aún los restos de las lluvias de días pasados. Tras un falso llano comienza el ascenso sostenido durante 6 kilómetros más, con rampas entre el 6% y el 10%. 

Conozco este puerto como la palma de mi mano. Sé exactamente qué rampa viene después de cada curva, conozco los olivos de la ladera a mi derecha y las encinas (aquí las llamamos chaparros) del precipicio a mi izquierda. Pese a que en los meses de Agosto y Septiembre no he podido entrenar apenas, me encuentro bien, y llego a los últimos dos kilómetros, donde la pendiente se suaviza hasta el 4%, con ganas de acelerar hasta el puerto. Tardo exactamente 46 minutos en coronar desde la plaza del pueblo, cuando el mejor tiempo que recuerdo en mi vida fueron aquellos 45 minutos que conseguí los días previos al Ascenso a la Pandera 2004, curiosamente aquella edición en que sufrí una pájara descomunal en este mismo puerto, a dos kilómetros de la cima… 

 

Esto es deporte.
 
Me paro en el cruce de caminos y me tomo la primera barrita de cereales, mientras contemplo cómo mi deseada cumbre de la Pandera se recorta entre nubarrones grises al Norte. Sin embargo, algunos tímidos rayos de sol aciertan a colarse entre las nubes de la sierra Ahillos, hacia el Oeste. Parece que el día va a aclararse. 

 

Un vehículo que pasa por la carretera me saca de mis pensamientos. Caigo en la cuenta de que es el primer coche que veo en todo el día, y me pongo de nuevo en marcha. Tomo la estrecha carretera comarcal de piso bacheado que lleva hasta Frailes. Paso entre las moles montañosas de Cornicabra y el alto Marroquí, también conocido como sierra de Rompezapatos. Cruza a toda velocidad, corriendo sobre el asfalto, un grupo de perdices, que no esperaban la presencia de un vehículo silencioso como el mío. Desde la barandilla sobre la cascada fantasma miro las piedras secas del arroyo de las Cabreras, que ojalá este otoño vuelva a discurrir entre saltos de agua y pozas… 

Esto es naturaleza.
 
Remonto paulatinamente el arroyo y al cruzar el puente afronto la última subida, de poco más de dos kilómetros, hasta el collado de la Martina, punto culminante de la ruta, a 1320 metros de altitud. Paso bajo los tendidos de alta tensión y me lanzo a un descenso rápido, junto al barranco del río Frailes. Mirando el precipicio a mi derecha dejo escapar un grito de felicidad. Trazo las curvas con suavidad, y noto que el paisaje va cambiando a mi alrededor. Las rocas escarpadas y las encinas diseminadas de la sierra van dejando paso a olivares de montaña y viñedos, y a medida que me acerco al valle aparecen algunas huertas, con cerezos secos tras el verano. El sol ha decidido sumarse definitivamente a esta fiesta, y ya brilla en lo alto del cielo, mientras las nubes quedan atrás, sobre la sierra. En noventa minutos por carretera sólo me he cruzado con un coche. A la entrada de Frailes veo un cruce a la izquierda, que sube a los cortijos de Los Rosales hacia la sierra del Trigo, a más de 1600 metros de altitud. Nunca me he atrevido a coger esa carretera, porque sé que me llevará demasiado tiempo conocerla y no puedo llegar muy tarde a casa. Esta vez voy sobrado de tiempo y de ganas, y me decido a mirar un poco el arranque de la carretera. 


Esto es turismo

 

Cuando llevo un par de kilómetros por la vega del río veo las durísimas rampas que se avecinan y decido volver a mi recorrido inicial, para llegar con tiempo de salir con mis hijas a la feria. Me paro en el avituallamiento líquido de la fuente de Frailes, donde engullo la última barra de cereales. Me quedan 26 kilómetros a meta. El recorrido entre Frailes y Alcalá la Real es pestoso, con mejor asfalto que la carretera de la sierra, pero con bastante tráfico. Me cruzo con algunos ciclistas que me saludan y atravieso Alcalá la Real, bajo la siempre imponente fortaleza árabe de la Mota. Sólo queda la tachuela del puerto del Castillo, que por la cara sur no tiene más que un par de curvas de cierto desnivel. Junto al puerto, la atalaya árabe de la Nava parece que me anima en mis últimos kilómetros. El descenso vertiginoso por buen asfalto a través de las faldas de la Acamuña me lleva a Castillo de Locubín. Atravieso el pueblo y llego hasta la misma línea de meta, situada en la plaza, donde me vuelvo a detener a saborear el agua de la fuente, y miro el reloj. Son casi las 11 de la mañana.


He recorrido 56 kilómetros en 2 horas y 34 minutos (creo que me corresponde el oro, pero no me enviarán un diploma a casa). La organización, perfecta, los avituallamientos en su sitio y la basura, también (en el bolsillo de mi maillot).
 
Ciclismo, Cicloturismo, Ciclodeporte, Naturaleza, Bicicleta…  sólo sé que he disfrutado de verdad.
 
…Hoy mi hija Rocío ha ido por primera vez en su vida al colegio, y estoy un poco sensible… 
José Antonio Jiménez
Septiembre de 2005
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