Los ciclistas randonneurs teníamos un reto este verano de 2021: La Superbrevet Astúrica Augusta. Una prueba ciclista de nueva creación, ideada por Salva Palomo de acuerdo con los estándares de Randonneur Moundiaux, es decir, un recorrido de 1200 km que había que completar en 90 horas, pasando por una serie de controles establecidos.

Un video-resumen de la prueba, tal como la viví, puede verse aquí:

La mayor parte de la familia de ciclistas españoles de ultrafondo se dio cita en Astorga el 23 de Agosto para comenzar a rodar a las 18:00 h.

A lo largo del día fuimos pasando por el polideportivo de Astorga para recoger la bolsa de corredor, preparar el equipamiento y comer juntos antes de comenzar la aventura.

Este tipo de pruebas deportivas se realizan sin cerrar las carreteras al tráfico. Cada ciclista debe ser autosuficiente y respetar las normas de circulación, cumpliendo con medidas de seguridad obligatorias, como la utilización de luces y reflectores. Al tener que atravesar territorios despoblados o circular a horas intempestivas, en las que podía ser difícil encontrar sitios para comer o aprovisionarse, cada uno tenía su propia estrategia de supervivencia. Normalmente llevamos bolsas con comida para ir consumiendo en momentos estratégicos, combinando con lo que vamos comprando en bares, gasolineras o tiendas por el camino. En cuanto al equipaje, algunos ciclistas llevan alforjas, otros van con lo puesto y alguna chaquetilla de apoyo para la noche, pero la mayoría solemos utilizar bolsas de sillín de tipo «bikepacking», para llevar alguna muda de ropa, prendas de abrigo para la noche o la lluvia, útiles de aseo, algunos repuestos, pequeño botiquín y alguna herramienta más allá de lo habitual.

La salida de la Astúrica Augusta fue rapidísima, rodando por terreno favorable a una media de más de 30 km/h durante los primeros 200 kilómetros. Iba acompañado por la locomotora Javier Arias (con quien rodé mis primeras pruebas, como la Londres-Edimburgo-Londres 2013 y la París-Brest-París 2015), un ciclista fortísimo y admirable. Esto me permitió coger un buen colchón de tiempo para llegar a los puntos de parada previstos con margen suficiente, no como en la pasada París-Brest-París 2019, cuando una mala gestión del tiempo me llevó casi siempre al borde del cierre de control y no pude dormir casi nada durante toda la prueba.

Pero el grupo iba demasiado fuerte; me daba miedo quedarme sin energías para afrontar los puertos en la mañana del Martes y desfallecer en el intento (tendríamos que subir consecutivamente los puertos de la Cruz Verde y Navacerrada). Se me cayó el bote de agua y tuve que parar un momento, perdiendo contacto con el grupo delantero. Empecé a rodar a un ritmo un poco más tranquilo y me alcanzó la grupeta con la que, finalmente, rodaría casi todo el resto de la prueba, capitaneada por Manuel Burgos, con grandes rodadores como los miembros del CC Chamartín  Miguel Urquijo y Miguel Ángel García Expósito, viejos compañeros de rutas como Ángel, David, Rufino, los amigos andaluces de Espiel, Sergio y Luis (conocido por todos como «Lobo«), Eduardo Montalvillo y los amigos de Getafe, Dani y Toño. Algunos otros ciclistas se unieron ocasionalmente a nuestro grupo, apareciendo y desapareciendo en diferentes tramos, como suele ocurrir en este tipo de pruebas. Durante la noche charlé bastante con Valentín, otro veterano randonneur, y durante la mañana nos acompañaron los gallegos del Club Ciclista Riazor (con José Ramón, que también rodó bastantes kilómetros conmigo en la París-Brest-París) y muchos más… El tercer día se incorporó a nuestra grupeta Jorge Ceballos, un randonneur histórico, muy conocido en este mundillo.

A partir de Zamora me encontré bastante cómodo en el grupo, que mantenía un ritmo ágil pero sostenible, bastante compacto. A veces parábamos para reagruparnos o por alguna necesidad logística, pero sin perder demasiado tiempo. Llegamos a las 7:30 h a Ávila, con cierto margen sobre mi mejor horario previsto. La cosa iba bien.

Durante la mañana del Martes entramos en Madrid, para afrontar el tramo de mayor desnivel de la prueba. En una gasolinera de Robledo de Chavela nos encontramos al bueno de Diego Villas, uno de los más destacados en grandes pruebas (con quien compartí habitación en la Burdeos-Madrid 2015), que no podía rodar en esta ocasión, pero nos salió al paso con su coche cargado de bocadillos y bebidas fresquitas. Me regaló un bocadillo de jamón que me supo a gloria. Nunca se agradece lo suficiente el espíritu de ayuda desinteresada que se respira entre los ciclistas de larga distancia. En las subidas de la Cruz Verde y Navacerrada el grupo se disgregó. En medio de las dos subidas estaba el control de Los Molinos, un polideportivo con duchas, que pude disfrutar con gusto en uno de los momentos de mayor calor. Desde el Escorial hasta Los Molinos se acercó a acompañarnos mi colega Luis Criado, del Pakefte. Fue un encuentro agradable, que nos ayudó a pasar el tramo más feo, con muchísimo tráfico de coches.

Después de los Molinos teníamos que afrontar la gran subida a Navacerrada. Cada uno subió a su ritmo y yo terminé en tierra de nadie. Fue súper agradable encontrarme en el puerto con Juanjo y otro ciclista del club Pueblo Nuevo que no participaban en la prueba; ambos habían subido hasta allí para animarnos y darnos unos estupendos trozos de sandía, que me sentaron divinamente. Como hacía un poco de frío en la cumbre, decidí bajar a Segovia para hacer los últimos 100 km de ese día en solitario, hasta Riaza, donde tenía pensado dormir. Encontré a David en la zona de Cerezo de Abajo y rodamos juntos los últimos 20 km, ya de noche. Tras una primera etapa de 29 horas y 520 kilómetros desde la salida, llegamos al alojamiento previsto para descansar unas 5-6 horas.

Habíamos quedado para salir de la plaza de Riaza el miércoles a las 7 AM. Para este día teníamos pensado llegar hasta Burgos, en el kilómetro 825. Es decir, pensábamos rodar unos 310 km en unas 16 horas, para volver a salir de allí el jueves a las 7 AM. Con esos reagrupamientos mañaneros, si alguien se iba por su cuenta, tenía la opción de reconectar con el grupo, durmiendo más o menos que el resto, según se le hubiera dado el día. La jornada comenzó bien. Varias grupetas se unieron en un pelotón de unos 25-30 ciclistas en el que rodamos compactos por el tramo semillano de Ayllón a Burgo de Osma, antes de afrontar el cañón del río Lobos, donde cada grupeta tomó su camino. Como miembros destacados del selecto pelotón estaban José Manuel Díaz Palomares y Patrizia, también muy conocidos en este mundo. Durante toda la mañana fuimos haciendo camino sin desfallecer, parando en los controles establecidos, como San Leonardo de Yagüe, donde desayunamos tranquilamente. A partir de mediodía la cosa se torció un poco. Nos paramos a comer en un restaurante a las afueras de Soria, donde se nos fue el santo al cielo y perdimos casi dos horas. Después, con el sopor de la tarde y los interminables toboganes sorianos, se nos hizo muy pesado llegar a la zona de Tera, por un terreno muy pestoso, en el que siempre íbamos ganando altura hasta el puerto del Royo. El camino discurría por pueblos como Vinuesa, Molinos de Duero, Covaleda, Duruelo de la Sierra… Hasta Quintanar de la Sierra fuimos pasando por interminables toboganes entre el Duero y el macizo de Urbión, que fueron exprimiendo nuestras fuerzas, a pesar de regalarnos seguramente algunas de las imágenes más bonitas de toda la prueba. Llegamos al anochecer al control de Salas de los Infantes, donde estaban trabajando varias personas de la Organización, entre ellas la conocida Beatriz Baeza, que tampoco había podido unirse a los participantes en esta ocasión, pero estaba colaborando como voluntaria. Repusimos fuerzas y salimos dispuestos a alcanzar Burgos antes de la medianoche.

El tercer día (Jueves 26 de Agosto) salimos temprano de Burgos para desayunar en Tardajos, donde se había alojado parte del grupo. El cansancio acumulado tras más de 800 kilómetros se notó mucho durante toda la jornada. Nuestro objetivo era alcanzar León, en el km 1120, dejando los últimos 80 kms para la jornada del viernes. Teníamos que pasar por Astudillo, Palencia, Ampudia y Montealegre.

El calor pronto se hizo notar, acompañado de algo de viento, lo que nos hizo sufrir bastante en una monótona travesía por la Tierra de Campos. Nuestro ritmo se volvió muy, muy cansino. Tuvimos que parar a descansar varias veces. Encontramos un parque con una fuente espectacular en Mucientes (cerca de Valladolid), donde nos tumbamos un rato en el césped, después de bañarnos casi literalmente. No mucho más tarde, tuvimos que parar de nuevo a tomar algo en Medina de Rioseco, antes de girar al norte y tomar rumbo a León. En el pesado tramo hasta Valencia de don Juan nos organizamos en unos medidos relevos que nos ayudaron a luchar contra el viento y el cansancio. El cielo se estaba poniendo feo y comenzó a llover. Nos sentó bien refrescarnos un poco, pero la agradable sensación no duró mucho tiempo. A lo lejos, tanto al Este como al Oeste, se veían unas nubes bastante oscuras. Por lo que parece, pasamos entre dos tormentas sin que nos dieran de lleno.

Llegamos a León demasiado tarde, pero encontramos abierto un restaurante McDonalds y llegamos a nuestros alojamientos al filo de la medianoche. Algunos ciclistas habían optado por no dormir en León, pero nosotros decidimos hacer un descanso. Ya solo quedaban 80 km y apetecía llegar a Astorga en grupo, con la luz del día.

La última mañana fue muy festiva. Salimos bastante alegres de León, subiendo un puerto antes de despuntar el día, hasta Rioseco de Tapia. A partir de ahí, el terreno era muy cómodo y rodador, siguiendo el río Órbigo hasta Hospital de Órbigo. En este tramo fueron apareciendo ciclistas de diferentes grupetas. Algunos habían parado a dormir en algún punto, como nosotros. Otros habían llegado más apurados de tiempo a León y habían optado por continuar rodando. Muchos que venían por detrás nos habían adelantado durante la noche y algunos llegaron a Astorga durante la madrugada. Pero, al final, la mayoría de los ciclistas ajustaron sus planes para llegar a Astorga en algún momento de la madrugada o la mañana del viernes 27. A pocos kilómetros del final nos encontramos con Quini Barradas, Iván y Manolo Arias. También apareció a nuestro paso una querida compañera, Noelia, que suele participar en pruebas del GDC Pueblo Nuevo, pero en esa ocasión estaba de vacaciones en León y vino a acompañarnos y hacer fotos. La llegada fue muy feliz, con momentos especialmente emotivos, como cuando cruzó la meta, al filo del tiempo límite, nuestro amigo Ricardo Agudo, que había pasado muy malos momentos durante esta temporada por un accidente que le impidió entrenar durante mucho tiempo. El viejo capitán Emilio Álvarez (que fue galardonado con el trofeo al participante más veterano de la prueba) lo recibió junto a la entrada del polideportivo con un emotivo abrazo ante la presencia de todos los participantes allí congregados, que salimos del pabellón para darle un gran aplauso a nuestro amigo. Sin duda, el momento más emocionante de la semana.

En resumen, a pesar de algunos momentos de cansancio, la Superbrevet Astúrica Augusta ha resultado bastante asequible. Para una prueba de la exigencia de una Superbrevet, el hecho de poder dormir alrededor de 5 horas cada noche es todo un lujo. Realicé una planificación muy parecida a la de mi primera PBP (2015). Se puede decir que en esta grupeta hemos conseguido superarla con bastante solvencia y mucho control, sin llegar a la agonía en ningún momento. Todo discurrió según el plan previsto y, además, lo hemos hecho siguiendo la máxima que alguna vez me transmitió un randonneur veterano: «¡No se olviden de divertirse!»

El álbum de fotos completo puede verse en este enlace:

https://photos.app.goo.gl/aH4WaTW5PJkekAvQ8

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