Retrospectiva.
Una crónica de Isidro Nieto en tiempos de pandemia
14 de Octubre de 2008. Qué lejano queda. Un puñado de locos entusiastas emprenden el germen de lo que acabaría siendo el gran DESSAFIO. Así empieza todo: con actos sencillos y sin trascendencia, pero por el simple hecho de reunirnos ese día, en aquel lugar, en ese momento y con la perspectiva del paso del tiempo sí tuvo su TRASCENDENCIA. Un jovencísimo Eduardo, rompiendo el cuadro de la bici apenas salimos y su cara de decepción, la exuberancia de la cascada de agua de Chircales, el inesperado y salvaje ascenso a las Coberteras, descubriendo terrenos vírgenes para el 95% del grupo. Desconocíamos el paisaje que recorríamos. Veías sus caras de estupor y sorpresa; el Quiebrajano, el curso del Valdearazo, Cortijo Prados, los Ventisqueros de Alamillos… No salían de su asombro… Pero ¿esto está en Jaén? Enrique VI decía que París bien vale una misa. Llegar a la cima del «Paerón» (Paredón) bien vale una sublime contemplación. El terreno era muy quebrado y puñetero y las deserciones caían por su peso. Al final del arroyo Cabañeros solo quedábamos seis. Más tarde nos volveríamos a ver en el bar del Parque, delante de unas fuentes de «Papas al montón», huevos fritos y tintorros de verano, rememorando nuestras batallitas particulares.
Usted, señor Jiménez, empezaba a dar pequeñas pinceladas del proyecto que iba gestando su prolífico cerebro. Lo exponías con convicción, con la frescura que da el penetrar en lo desconocido. Por eso al despedirnos y sin conocernos de nada te di mi «pequeño empujoncito»:
Solo se cumplen los sueños de quien los tiene.
El ser humano rige su vida por tres factores:
- El material (money, riqueza patrimonial)
- El afectivo (seres queridos, amigos)
- La salud
Del material a mi familia se nos hundió el barco totalmente. Pero de eso se sale, hay que adaptarse y encajar todo lo que nos depare la vida porque esta siempre sigue fluyendo.
Del afectivo sales un poco más tocado. Que se te vayan tus padres es la ley de la naturaleza. Han cumplido su ciclo y aunque nos cueste asimilarlo, hay que irse. Los trances duros son los que no estaban escritos en el guión. Las pérdidas familiares y de amigos suceden de manera inexorable. Son golpes que te hacen pisar la lona y empiezan a contar hasta 10, como en el boxeo. Cuando se van aproximado al 9 tienes que apretar los dientes, tragarte toda la rabia y deseperación y no preguntar muchos porqués. Simplemente hay que levantarse y seguir.
La falta de salud es sin duda lo que peor llevo. Sin ella todo lo demás no tiene sentido. Llevo 5 años metido en un infierno permanente. Una operación supuestamente simple que salió mal, varias operaciones posteriores, ingresos en la unidad del dolor… y no dan con la tecla. No puedo andar ni estar más de 15 minutos en pie. Solamente siento alivio si me tiendo en horizontal. Me cuesta mucho trabajo comprender, con los adelantos que hay hoy en día y en operaciones bastante más complejas, como transplantes de corazón, de hígado, de médula… y que no haya solución para la insignificante secuela de una hernia. Me viene a la mente una frase de, quizá, uno de los grandes políticos de este país, Rubalcaba: «En esta vida nada hay seguro, y nada es nada».
Me cuesta trabajo asimilarlo, y más a un «culillo inquieto» como yo. Tener que dejar mis grandes pasiones: el ciclismo, el senderismo, la montaña, los viajes… Me refugio en lo último que me queda, los LIBROS. Pero el sedentarismo me mata. Soy hombre de acción. Siempre he sido muy mal espectador. Para colmo, todos los avances tecnológicos actuales no me tiran, llámese móviles, internet, tablet, computadoras, ordenadores, playstatioon, plataformas digitales, etc. Un tío mío de Madrid dice que soy un Neandertal y seguramente llevará razón, pero pertenezco al siglo XX, he «mamao» estos valores, me gusta mirar a los ojos y «tocar carne». Esto de que todo sea virtual y telemático… ¡pues no! Lo dejo para ustedes, los del siglo XX.
Sobrevivo de los recuerdos En cierta manera recordar es volver a vivir. Tantos viajes, rutas, excursiones, tantos domingos impregnados de esta querida Sierra Sur. Si he de ser honesto, no tengo queja de nada. He vivido intensamente cada etapa que me correspondía. Pocas cosas he dejado en el tintero; conmigo nunca ha ido eso de «mañana lo haré». Hasta los 55 años he tenido una salud de hierro, nada de enfermedades, ni médicos, ni medicamentos… y si no hubiera sido por este percance, hubiera segudio avanzando dignamente.
Vivir es algo más que estar pendiente continuamente de la pantalla de un móvil, de los medios de comunicación o de los mediocres políticos de turno. Miro a mi alrededor y observo un miedo desproporcionado en el personal. El peligro no es el virus. La humanidad está hecha de trágicas epidemias y siempres hemos salido. Ni tan siquiera el miedo desmesurado a la muerte. Morir es un acto natural, como nacer, y cuando nos llega a cada uno, saber aceptarlo con dignidad. El verdadero drama es tener miedo a VIVIR.
Desde muy joven me he tenido que enfrentar con la muerte cara a cara en demasiadas ocasiones y eso te hace quitarte muchos pájaros de la cabeza. Haces una «criba» y te quedas con la esencia. Esto es muy efímero y no somos conscientes de que a lo mejor pasado mañana no estamos aquí. ¿Para qué crearse problemas de futuro? Pecamos de soberbia, nos creemos imprescindibles y si pasado mañana resulta que ni usted ni yo estamos aquí, el mundo sigue su curso. Sin nosotros. No nos podemos permitir el lujo de desperdiciar absurdamente el tiempo.
Siempre me ha fascinado el trato directo: charlar, ver, oír, comunicar y sobre todo, escuchar. Cuando doy con personas interesantes, que te pueden aportar algo, hago del silencio un dogma de fe y me empapo de esa sabiduría, de otros puntos de vista que a lo mejor ignoraba. Antes te comentaba que mi otra gran pasión han sido los libros. Quizá el «culpable» fuera un antiguo profesor que tuve en mi época de la E.G.B:
«Lee todo lo que caiga en tus manos: revistas, periódicos, tebeos, ensayos… hasta las lápidas funerarias. En los libros está el conocimiento, te hacen comprender el mundo que nos rodea, adquieres tus propias conclusiones y nadie te manipula fácilmente»
Dos frases se me quedaron grabadas a fuego en mi lejana adolescencia. La primera del universal Cervantes: «En algún libro hay una frase esperándote para dar sentido a tu existencia«. La segunda, del portugués Fernando Pessoa: «No soy nadie, nunca seré nada, pero dentro de mí albergo infinidad de sueños«.
Si nos paramos, siempre «pescamos» algo al final del día y nos hará pensar que estar aquí sigue siendo fascinante. Estaba en un viaje por Turquía, parábamos en un pueblo de abruptas montañas y el guiía nos dijo que había en los alrededores unas grutas acondicionadas como tabernas. El local tenía mal pelaje y era algo cochambroso, pero en su interior el ambiente era cálido y distendido. El personal, muy humilde, con sus chilabas y turbantes, con una mirada cristalina y directa. Conectamos con un grupo y después de unos pocos convites, las lenguas fueron soltándose Había una persona mayor. Apenas hablaba. Lo observaba todo silenciosamente. Me preguntó de qué parte de España era. «Andalucía«, dije yo. Me miró fijamente y sentenció: «Mis antepasados son de tu tierra. Mi famila procede de unos judíos de Córdoba. Tuvieron que abandonarla por el decreto de expulsión de los Reyes Católicos«.
«El destino es curioso«, le dije a esa especie de chamán, instructor religioso o guía espiritual. No sabría cómo calificarlo. Me impactaron sus conocimientos y el alcance de sus reflexiones. Me decía que la esencia de la vida se sustenta en cuatro pilares:
- Estar a gusto con uno mismo (no te fijes ni envidies a nadie)
- Tener riqueza interior (nunca estarás solo ni te aburrirás)
- En el largo camino que es la vida, coge estrictamente lo necesario (alrededor de ti hay otros que también necesitan cosas)
- El más difícil de cumplir: si puedes y está a tu alcance, haz la vida más llevadera a las personas que te rodean.
En aquel remoto pueblo, un viejo anciano descendiente de antiguos sefardíes me terminó de cerrar el círculo de lo que han sido mis prioridades y mis valores.
Miro el DNI y no asumo que estoy a las puertas de los 60. Ni mental ni físicamente, y más viendo a la gente de mi «quinta», cuerpos dejados de la mano de Diosy mentes podridas de tanto exceso de bienestar. Sigo manteniendo los mismos valores y principios que cuando tenía 20. He de admitir que esta forma de ser paga su precio. Te empiezan a ver como un bicho raro, no te sitúan, no te controlan, no te dejas manipular… ¡Vamos, un peligro!
No somos conscientes de que por aquí pasamos solamente una vez. Nadie hace esta reflexión. En este planeta estamos más de 7000 millones de habitantes, pero Don José Antonio Jiménez Castillo solo hay uno. Es en lo único que debemos permitirnos ser EGOÍSTAS. Señor Jiménez, hay que retirarse. Sin voces, sin ruido, sin desasosiego…
Me despido con aires del gran Homero:
Si alguna vez estos escritos
en un futuro lejano
llegan a manos eruditas
decidles que viví en tiempos
de Héctor, domador de caballos.
Decidles que viví en tiempos
de Ajax, Aquiles,
hombres mortales en tiempos de dioses.
Decidles, simplemente, que viví.
Isidro Nieto, La Pedriza, 13 de Junio de 2020.








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