Madrid-Gijón-Madrid: Porque estamos vivos

El día después

Es la mañana del domingo 23 de Agosto. De nuevo estoy conduciendo solo por carretera, camino de mi pueblo en Andalucía, donde dejé a mi familia hace una semana. Las sensaciones vividas en estos últimos 5 días se atropellan en mi cabeza y no acierto a ordenarlas. Una sucesión de emociones contradictorias lucha por abrirse paso y de pronto, igual que me ocurrió en 2023 (cuando volvía de participar en aquella fabulosa París-Brest-París), mis ojos se cubren de lágrimas. En el coche suena a todo trapo la canción «Sale el Sol», del musical «Los Miserables». No puedo contener la emoción provocada por esta extraña mezcla de fatiga, sueño, euforia y nostalgia que no sé explicar, pero que en el fondo me libera y me sienta bien. Una alegría por el objetivo cumplido, sobre la que emerge la pena porque todo haya finalizado ya. Un nido de sueños vacío, a la espera de marcar un nuevo objetivo en el horizonte. Porque la felicidad no está en el logro conseguido, sino en disfrutar de cada uno de los hitos vividos para llegar hasta aquí.

Unos meses antes

La Madrid-Gijón-Madrid nunca estuvo entre mis pruebas favoritas. Nunca me la marqué como objetivo porque conozco la Meseta y, aunque hay enclaves muy bonitos e interesantes, pedalear al sol a casi 40 grados durante un par de tardes de agosto no me parecía el plan más apetecible. Ya sufrí bastante por Tierra de Campos en aquella Súper Brevet Astúrica Augusta de 2021. Pero la verdad es que no había pensado en hacer ninguna súper brevet en esta temporada y tenía mi agenda en blanco. Así que un simple mensaje de nuestro amigo Javier Arias en el foro del Pakefte cambió mis planes. A él, que ha completado ya más de 10 súperbrevets por toda Europa, le parecía imperdonable no tener en su palmarés una que pasaba prácticamente al lado de su pueblo en Asturias. Decidió quitarse la espina este año y nos invitó a hacerla con él. Para mí eso suponía una oferta que no podía rechazar. Siempre había sido un lujo rodar con él; recordé cuánto me ayudó en mis primeras grandes pruebas, la Londres-Edimburgo-Londres de 2013 y la París-Brest-París de 2015. Así que no tuve ninguna duda. Las inscripciones ya estaban fuera de plazo, pero dado que se habían quedado bastantes plazas desiertas, el organizador abrió un período extra, que aproveché para inscribirme, pagando los 265 eurazos que costaba la inscripción. La expectativa de hacer una nueva prueba con nosotros terminó animando también a Yolanda Hernández, mi compañera en la mayoría de grandes pruebas que estoy realizando últimamente, que se unió a la grupeta sin dudarlo.

El proceso fue un poco farragoso por la inflexibilidad del organizador, que publicaba un reglamento excesivamente rígido y exigente, con algunas normas anticuadas, como la prohibición de usar acoples en el manillar. También exigía un reconocimiento médico deportivo en el que figurara expresamente la aptitud del ciclista para participar en una prueba de 1200 km. Al final, en ningún momento pidió que se le entregara el citado documento (que yo había conseguido en un polideportivo de Madrid por unos 30 euros) ni tampoco revisó que las bicicletas no llevaran acoples en la salida, aunque yo los había desmontado la semana anterior, tratando de ser disciplinado con el reglamento.

Inoportuna gripe

El miércoles 12 de Agosto, a falta de 6 días para la prueba, me levanté un poco débil. En los siguientes 3 días desarrollé un proceso vírico con fiebre. El viernes me encontraba realmente mal y preocupado por mi participación en la prueba. No llegué a ir al médico. Confié en que el lunes estaría bien, pero pasé un par de noches malas. El domingo la fiebre había remitido casi por completo y el lunes ya estaba mejor, pero seguía con algo de congestión y tos. Pensé que esto podía mermar un poco mis fuerzas ante el tremendo reto que iba a afrontar al día siguiente, pero no dudé en participar. Había llegado a estas fechas en muy buena forma física y confiaba en mi rápida recuperación y buena respuesta.

Plan previsto

Como en otras pruebas de 1200 km con salida por la tarde, decidimos distribuir el recorrido en 4 sectores, adaptándolos al terreno y a la circunstancia especial de esta prueba, que nos llevaría a subir el larguísimo puerto del Pontón, desde el nivel del mar hasta la Meseta. Este puerto era la clave de la ruta, ya que en la zona de Asturias hasta pasar las Montañas Palentinas nos encontrábamos con la mayor densidad de desnivel acumulado. Nuestro plan inicial era este:

 

  • Sector 1: Torrelaguna – Cangas de Onís – 539 km – 4646 m de desnivel
  • Sector 2: Cangas de Onís – Velilla del Río Carrión – 275 km – 3838 m de desnivel
  • Sector 3: Velilla del Río Carrión – Cogolludo – 367 km – 2873 m de desnivel
  • Sector 4: Cogolludo – Torrelaguna – 70 km – 588 m de desnivel

Es decir, pensábamos dormir en el control de Cangas de Onís (km 539), el de Velilla del Río Carrión (km 814) y el de Cogolludo (km 1181).

Teniendo en cuenta la dificultad que suele haber para encontrar lugares abiertos en las zonas desiertas de la Meseta por las que íbamos a pasar, habíamos analizado a fondo la ubicación de los controles y los servicios disponibles en ellos. Sin embargo, a falta de dos días para comenzar la prueba recibimos un mensaje de la Organización, indicando que el control de Velilla se había cancelado por «falta de voluntarios». Esto trastocó nuestros planes, y los de muchos de los participantes, que pensaban en ese punto como un lugar estratégico para descansar después de una jornada dura en Asturias y la subida de vuelta a la Meseta.

La información se envió sin la antelación suficiente para tomar decisiones alternativas, con la «oferta» de realizar el sellado del carnet de ruta a la manera tradicional, preguntando en cualquier establecimiento del municipio (si es que encontrábamos algo abierto). Esto me parece completamente inaceptable para una prueba internacional seria, como se suponía que era esta. Me costó buscar alternativas, pero finalmente conseguí reservar un hotel para mí y mis acompañantes en Guardo, unos kilómetros al sur de Velilla del Río Carrión. El cambio de ubicación apenas afectó a los planes de ruta, pero tuvimos que desembolsar 170 € por las habitaciones, un gasto con el que no contábamos.

El lunes en Torrelaguna

Otra norma absurda de las incluidas en el reglamento suponía la obligación de presentarse en Torrelaguna el lunes 17 para recoger la bolsa de corredor, el tracker y… poco más, porque a diferencia de otras pruebas, en esta no se esperaba ningún regalo, más allá de una bolsa con una pulsera de goma, el maillot oficial (que me estaba pequeño) y un chaleco reflectante (que me estaba muy grande).

La necesidad de presentarse en el punto de salida un día antes es comprensible en pruebas grandes, como la PBP, en las que hay mecánicos, control de bicicletas y una feria con patrocinadores, expositores, etc. Es decir, eventos que sirven para concentrar a los ciclistas y crear un clima alrededor de la prueba deportiva. En este caso, para ir a un mostrador, recoger una bolsa y volverte a casa, no tiene sentido que eso no se pueda hacer en el mismo día de la prueba, una o dos horas antes. Llamaba la atención el escaso número de ciclistas españoles. La mayoría de participantes eran extranjeros, incluso no europeos. Había unn considerable número de ciclistas brasileños, japoneses y coreanos.

Salida y primera noche

Un nutrido grupo de amigos del Pakefte se presentó para animarnos en la salida. Cuando los primeros se pusieron en marcha se produjo un poco de confusión, porque las normas de tráfico no permiten circular a grupos de más de 50 ciclistas. Había que conformar dos grupos en la salida, separados al menos 15 minutos entre ellos. La división de los grupos no se había planificado y se realizó sobre la marcha, cortando el paso con una valla situada en un punto aleatorio, que fue a caer justo delante de nosotros. Nos tocó esperar al segundo grupo. Les preguntamos si nos darían 15 minutos de margen al final e, inesperadamente, los organizadores empezaron a marcar nuestros carnets de ruta (con bolígrafo!!!) para darnos ese tiempo a la llegada, en caso de duda. Yo creo que esto no tuvo ningún tipo de reflejo en la aplicación que registraba los tiempos, que a mí me marcó hora de salida a las 20:01 h. Pero bueno, al final nos sobró tiempo y no necesitamos discutir este detalle.

La salida, como suele ocurrir en estas pruebas, fue meteórica. Se conformó un buen grupo de rodadores y yo me sentía con fuerzas, así que no dudé en entrar a los relevos con fuerza. Toda esta zona (y en realidad casi toda la ruta) era muy conocida por los randonneurs madrileños, acostumbrados a participar en los brevets organizados por el Grupo Deportivo Ciclista Pueblo Nuevo, que suelen discurrir por esa zona. No tardamos en coger a algunos grupos por delante, incluso varios de los que habían salido en el primer grupo. Al pasar por Villaseca de Uceda y la fuente junto a la iglesia en la que tantas veces paramos, el sol se escondió en el horizonte.

La noche era agradable y se rodaba bien. La primera parada para comer algo fue en Cogolludo, en el km 68, donde vimos el polideportivo en el que se situaría el control a la vuelta (a estas horas cerrado) y nos llevamos la primera decepción. No era un polideportivo al uso, sino unas pistas abiertas a la intemperie y un pequeño chiringuito con mesas, donde aquellos que quisieran dormir tendrían que hacer vivac. Esto rompía nuestros planes para la tercera noche. Tendríamos que buscar una alternativa.

Encontramos el típico restaurante Saboya (el de la rotonda donde solemos parar en otros brevets) cerrado, así que tuvimos que subir a la plaza principal para buscar algo de comida y bebida. Estaban en fiestas. Unos operarios habían dispuesto vallas en las calles por las que discurriría el encierro al día siguiente. Se sorprendieron al vernos y al saber lo que estábamos haciendo manifestaron su disgusto porque, según ellos, era muy peligroso. No como lo de soltar toros por las calles de un pueblo resacoso por la mañana, que eso sí les parecía muy normal.

Seguimos a buen ritmo y llegamos a Atienza (km 110) después de la medianoche, donde hicimos una breve parada en la fuente de la entrada, aunque para ello había que desviarse un poco del track. Nos llamó la atención que un ciclista coreano también llegó allí porque se había preparado bien la ruta y había marcado la ubicación de las fuentes cercanas.

Subimos la Sierra de la Pela con solvencia, nos abrigamos para la bajada y llegamos a Ayllón (km 165) a las 3:40 h. Esperábamos comer algo allí, pero nos encontramos con otra sorpresa. El control consistía en una mesa en la que tres chavales (quizá menores de edad) anotaban la llegada de los ciclistas, pero no había nada de comida ni bebida. Nos dijeron que esos servicios solo se ofrecían en el tramo de vuelta, y que si queríamos llenar agua, podíamos usar los grifos de los baños.

En la mesa del control había unos acoples de manillar. Al parecer, los chavales habían recibido la orden del organizador de descalificar a todo ciclista que tuviera acoples instalados. Un pobre ciclista inglés tuvo que desmontar los suyos y dejarlos allí mismo. Me parece inaceptable que no lo controlaran a la salida y le dejaran salir, para después descalificarlo a traición en un punto intermedio.

Alguien comentó que había una máquina de vending en la plaza, y para allá nos fuimos. En ese momento rodábamos entre los 30 primeros aproximadamente. Yo saqué la última coca-cola de la máquina y me dispuse a comer mi propia comida (un táper de arroz con atún y aceite de oliva virgen extra) en medio de la plaza. Todos los que llegaron después se encontraron la máquina esquilmada.

Seguimos con la esperanza de encontrar abierto el área de Tudanca (24 h) en Fuentespina, km 210, que hace años usé en varias ocasiones, pero había que desviarse un poco del track. Se lo dijimos a un asiático, que se unió a nosotros en busca de comida. Para nuestra frustración, encontramos que ahora ya no está abierto 24 horas. Había que esperar hasta las 7 h, casi una hora. Decidimos seguir adelante. El foráneo dio un acelerón y salió corriendo sin dirigirnos la palabra. Finalmente encontramos otra gasolinera unos kilómetros más adelante y allí paramos todos, además del inglés, un holandés y algunos más.

La Meseta

Desde ese punto ya quedó conformado un buen grupo de 6 españoles dispuestos a pasar todo el día rodando por la meseta: a los tres del Pakefte (Yolanda, Javier y yo) se nos unió Daniel Ibáñez, del club Poble Nou de Barcelona (que nos había ido acompañando en silencio desde el entorno del embalse de Alcorlo, junto con otros ciclistas que habían ido desapareciendo paulatinamente). Dani resultó ser un compañero magnífico para todo el resto de la ruta, junto con los dos del CC Chamartín, David Roces y Miguel Urquijo, que sirvieron de excelente motor en los tramos ventosos de la tarde por los falsos llanos castellanos.

No hubo mucha historia durante el día. Amaneció antes de llegar al control de Tórtoles de Esgueva (km 247), donde unos amables voluntarios nos dieron café con magdalenas y fruta. Las horas pasaban lentas mientras la temperatura iba subiendo. Interminables toboganes se sucedían pesadamente entre los pueblos de Cevico Navero, Baltanás, Torquemada y Astudillo. Llegamos al control de Frómista (km 320) a las 11 h, donde nos recibieron un señor mayor y un joven. Este último se encargaba del registro y, una vez realizado, nos cortaba el trozo de sandía correspondiente. Eran muy proactivos y amables, nada que reprocharles a ellos, pero nos pareció muy triste la parquedad de un control importante, a unas horas en las que esperábamos tener algo de comida. Así que nos dirigimos a una de las terrazas cercanas del parque para comer algo sólido. Un italiano nos vio con los bocadillos y se acercó señalando uno de ellos con el dedo para saber cómo pedirlo en español. Memorizó las palabras «lomo-queso» y se fue corriendo a la barra.

 

La ruta coincidía con el Camino de Santiago hasta Sahagún (km 384), lo que hizo más divertido este tramo. Vimos algunos peregrinos caminando en paralelo a la carretera y les lanzábamos el clásico grito «Buen camino». Sin embargo, ya se estaba haciendo tarde para ellos. La temperatura subía y era el momento de recogerse en los albergues. Nosotros teníamos que seguir. El calor hacía mella en nuestras fuerzas. Al pasar por Ledigos (km 370 aprox) paramos en una terraza para descansar y refrescarnos. Compramos agua y helados. Quedaba mucho y yo me sentía bastante tocado.

Abandonamos el Camino de Santiago en Sahagún, girando hacia Cea, donde paramos en un restaurante para tomar un plato combinado. Me sentía sin fuerzas. Se me estaban encendiendo las alarmas y me costó mucho comer. Creo que me estaba afectando demasiado el calor y seguramente los rescoldos de la fiebre que había tenido hasta dos días antes. Al salir de allí bajé el ritmo y empecé a quedarme atrás. Sufrí en la zona de Puente Almuhey y Cegoñal, con el puerto que nos llevaba hasta Guardo y Velilla del Río Carrión (km 448). Miguel y David se quedaban en un alojamiento de Velilla y nosotros continuaríamos solos. Intentamos cenar, pero no pudimos elegir mucho. Solo un pincho de tortilla y algo de embutido. Entonces Javier pidió un gran vaso de leche con colacao y magdalenas. Fue muy buena idea, esto sí lo pude digerir bien y me permitió recuperarme un poco.

Al salir nos encontramos la bicicleta de Yolanda pinchada. Un tornillo había atravesado la cubierta. Costó un poco repararla y nos retrasamos bastante, pero me vino bien para recuperarme.

Salimos de Velilla cuando empezaba a anochecer. A continuación venía un terreno comanche que yo conocía bien, porque formó parte del Brevet de 1000 km del CC Chamartín dos meses antes. Subimos los puertos de las Portillas y los Picones, donde empezó a llover bastante. Bajamos a Boca de Huérgano ya en plena noche cerrada, y vimos algunos ciclistas durmiendo en paradas de autobús acristaladas. Nos dieron tentaciones de meternos en algún hostal para pasar la noche, pero llegamos a la conclusión de que teníamos que seguir.

Aunque me encontraba algo recuperado, noté que iba retrasando el grupo. Pasamos el embalse de Riaño disfrutando las preciosas imágenes de las luces del pueblo reflejadas sobre el agua y subimos al puerto del Pontón. Seguía lloviendo débilmente cuando empezamos a bajar. Yolanda y yo les dijimos a Javier y Dani que se adelantaran para poder dormir algo más, ya que nosotros bajábamos más lentos. El sueño nos atacó bastante fuerte en la bajada, obligándonos a hacer dos pequeñas paradas de 10-15 minutos en sendos pueblos del larguísimo descenso. A esto lo llamamos «microsueños», que permiten recuperar el estado de alerta y evitar accidentes. Finalmente llegamos al control de Cangas de Onís (km 543) a las 2 AM. Nos recibieron unos amabilísimos voluntarios que habían preparado comida adicional a la que les había indicado la organización. Pudimos comer un buen táper de pasta y algo de fruta. Rápidamente montamos nuestros tenderetes en el pabellón deportivo junto a unas cuerdas que nos permitieron colgar la ropa mojada. Nos duchamos y nos echamos a dormir algo más de 4 horas. No había colchonetas ni mantas pero sí conseguí una esterilla sobre la que tendí mi manta térmica para protegerme del frío y usé mi propia chaqueta como almohada.

Asturias, paraíso natural

Al despertar me sentía bien. Parece mentira cómo te pueden recuperar 4 horas de sueño para afrontar un día nuevo con otros casi 300 kilómetros por delante. Los mismos voluntarios de la noche seguían al pie del cañón, súper amables, ofreciendo café y MAGDALENAS. Salimos a las 8 h, con una hora de retraso sobre mis planes previstos, pero tranquilos porque la ruta estaba controlada y nos sentíamos bien.

Todo el tramo asturiano resultó ser un infierno meteorológico. Apenas habíamos llegado al famoso puente de Cangas, comenzó a llover. Tuvimos que ponernos los chubasqueros y casi toda la ropa que llevábamos. Ya no dejó de llover en todo el día, salvo pequeños ratos intermitentes entre nube y nube. Se suponía que íbamos a tener viento a favor, pero no lo notamos. Fueron demasiados kilómetros por una carretera muy concurrida, en la que los coches y camiones nos adelantaban continuamente provocando un estruendo insoportable. El terreno picaba para arriba hasta Nava (km 592) y después descendía suavemente hasta Pola de Siero y El Berrón (km 605 aprox). Antes de llegar a Gijón subimos el Alto de la Madera, un puertecito muy suave que sería algo más duro a la vuelta.

 

A la bajada un ciclista se cruzó con nosotros, dio la vuelta y se puso a mi rueda. Su cara era muy conocida para mí, pero dudé… Me saludó y… era Roberto García!! Un viejo amigo de la Ciclolista, con el que rodé en algunas marchas cicloturistas hacía más de 20 años. Qué alegría. Roberto nos acompañó durante todo este tramo y hasta la vuelta por el mismo puerto de la Madera.

Llegamos a Gijón (km 621) el jueves 20 de Agosto a las 12:01 h.

 

El control de Gijón sí tenía unas condiciones dignas. Este y el de Cangas fueron los únicos controles merecedores del nivel de una prueba seria. Había un arco de meta y un aparcabicis elevado, y nos dieron buenos platos de pasta con atún y tomate, además de bebidas para repetir. Descansamos muy bien y salimos de vuelta sobre las 13:20 h.

Pasamos junto a la famosa playa de San Lorenzo, y en mi cerebro sonaba la canción de Víctor Manuel «Yeren dos guajes», ese canto a la libertad de dos pastores que vivían «trotando los praos» en las montañas del puerto Tarno mientras «soñaben ver el mar». Un día decidieron «encerrar el ganao» temporalmente y «llegarse a donde está». Cuenta la canción que en su caminata los pastores «ficieron noche al calor de un payar» y al segundo día llegaron a la costa. Los pastores «lloren en silencio» ante la inmensidad del mar que «júntase allá lejos con el cielo». Así se desataron sus instintos fisiológicos… «con tanta humedá apetez meár», por lo que «púsoles una multa de 25 pesetes un policía municipal, por verter aguas en la playa de San Lorenzo, junto a la Escalerona». Esos pastores que vivían en la montaña sintieron una pulsión de libertad que les llevó irracionalmente a emprender un viaje hacia lo desconocido, simplemente porque el horizonte estaba allí, llamándolos, pero al llegar a su destino se encontraron con la realidad de una norma absurda e incomprensible.

Así andaba yo escuchando mentalmente la canción y pensando en la relatividad de las convenciones sociales. Si parte de mi entorno familiar y social no entiende que a mis 55 años quiera seguir disfrutando de este tipo de aventuras, va a ser muy difícil convencerlos de que la locura randonneur tiene sentido. Asumo que mi forma de vivir y disfrutar es muy diferente de la de otras personas, incluso de mi entorno, y que jamás seré comprendido por ellas. Y sin embargo, a mí tampoco me atraen las formas de disfrutar de la mayoría de ellos y suelo ser el raro en las reuniones sociales.

El ciclismo randonneur se puede explicar con palabras. Al final simplemente se trata de un conjunto de estándares, distancias y normas fácil de entender. Pero lo que esconde es muchísimo más de lo que se puede explicar. Nuestro ciclismo es más que un deporte, más que una forma de viajar, incluso más que una pasión. Es un deporte exigente para el que hay que prepararse, pero también es una forma distinta de conocer otros paisajes y además requiere una organización estratégica para cumplir con los tiempos límite. Es una forma de vida. En una prueba de este tipo vivimos emociones amplificadas por situaciones extremas y por la premura del tiempo, a la que se añade hambre, frío, sueño, dolor, calor… pero sobre ellas emergen otras mucho más fuertes, que son nuestro verdadero motor y pueden resumirse en una sola sensación: «sentirse vivo«. Y cuando me encuentro en medio de una prueba de este tipo, a merced de los caprichos de la meteorología, quizá cruzando unas montañas remotas en plena noche, si algo siento de verdad es que soy parte esencial de esa naturaleza viva.

Vivir en bici

Y así recorrimos todo el camino de vuelta hasta Cangas de Onís, bajo una lluvia incesante que a ratos nos golpeaba la cara con violencia. Los kilómetros pasaron despacio y finalmente llegamos al control de Cangas, donde volvimos a disfrutar de café y MAGDALENAS a las 17:09 h.

El regreso

Echando cuentas de lo que nos quedaba por delante, sabíamos que teníamos que llegar hasta el hotel en Guardo, que estaba a 100 kilómetros de allí, pero antes había que superar el terrible puerto del Pontón y los menos terribles de la Montaña Palentina, que serían la puntilla de la etapa. Eran las 18 h y yo calculé que no llegaríamos antes de la 1 de la madrugada, así que convencimos a Javier y Dani de que se fueran por delante, con la intención de que llegaran al hotel a una hora más prudente y nos pudieran ayudar cuando llegáramos Yolanda y yo. Aceptaron la misión y salieron.

Yolanda y yo empezamos a subir el Pontón a buen ritmo, animados porque había dejado de llover. Pasamos varios pueblos y decidimos que buscaríamos un restaurante para cenar en el pueblo de Oseja de Sajambre, a mitad de la subida. Este era un punto estratégico, situado a 700 metros de altitud, a falta de 500 metros más de desnivel y 60 km del hotel. Los últimos kilómetros hasta Oseja fueron durísimos y volvió a llover. La parada fue muy reparadora, pero excesivamente larga, porque había mucha gente y al final nos relajamos demasiado, a pesar de que no tardaron mucho tiempo en servirnos nuestras hamburguesas. Después de una hora retomamos la buena marcha y subimos los últimos kilómetros, adelantando a dos ciclistas coreanos que serpenteaban por las últimas curvas. Al llegar arriba descubrí con pavor que mi teléfono se había apagado y el conector estaba húmedo, por lo que no podía cargarlo. Solo mostraba un mensaje de error por humedad, sin dejarme hacer nada. Había perdido la posibilidad de llamar a Dani, porque Yolanda no tenía su teléfono, ni a Javier, a quien pensaba llamar al llegar a la puerta del hotel. Por suerte Yolanda encontró el teléfono de Javier en su propio móvil y pudimos llamarlo. En Boca de Huérgano, mientras estábamos enredando con los cargadores, nos adelantaron los dos coreanos, directos hacia las Montañas Palentinas.

Al pasar por Besande vimos a uno de los coreanos acurrucado en una parada de bus acristalada. Terminamos de subir el Puerto de las Portillas y nos lanzamos en bajada hasta Velilla del río Carrión, el «no control» del kilómetro 814. Apenas 4 ó 5 kilómetros más adelante estaba el Real Hotel de Guardo, donde llegamos a la 1:55 h AM, dispuestos a dormir apenas 4 horas.

Castilla, o el Unicornio del viento a favor

El plan original contemplaba salir de Velilla a las 6 AM. Al haber avanzado unos kilómetros más, hasta Guardo, teníamos excusa para rascar unos minutos más de sueño, pero quizá nos confiamos un poco. Quedamos en la puerta del hotel a las 6:30 h. Al final salimos sobre las 6:45 h rumbo a Puente Almuhey. Javier puso un ritmo fuerte camino de Sahagún, que yo no podía seguir. Estaba sufriendo mi segunda crisis de la ruta, en parte por el cansancio acumulado en el tramo asturiano, en parte por la falta de sueño y en parte porque supongo que alguna secuela me había dejado el virus del fin de semana. El caso es que no conseguía rodar a ritmo. Paramos a desayunar en Almanza, en el kilómetro 847, donde solo había café con MAGDALENAS. Aun así, el desayuno me recuperó un poco y, como ellos bajaron el ritmo más tarde, pude rodar un poco mejor en el tramo de Sahagún a Frómista. Volvimos a parar a tomar un segundo desayuno en el mismo restaurante de Ledigos donde tomamos los helados a la ida. Ahora pude tomar unas tostadas y una tortilla.

Esta parada fue muy larga por razones logísticas. Estábamos preocupados por el lugar donde deberíamos dormir antes de llegar al final de la ruta, dadas las condiciones indignas que habíamos visto en el control de Cogolludo. Por otra parte, el control de Ayllón estaba demasiado lejos (a 140 km del final) y nos parecía muy arriesgado dejar tanta distancia para el último día. No era fácil encontrar algo para los cuatro que formábamos el equipo. En este punto nos ayudó en la distancia la mujer de Dani, que estuvo localizando varias posibilidades. Finalmente encontró el Hotel Alto Rey en Arroyo de las Fraguas, uno de los pueblos más afectados por los recientes incendios de Guadalajara. Solo disponían de habitaciones con cama de matrimonio, que siempre son algo incómodas para compartir, pero estaba vacío y podíamos reservar una para cada uno a 68 €, desayuno incluido. No era barato, pero no lo dudamos. Quedamos en que llamaríamos al hotel cuando nos estuviéramos acercando y tuviéramos la hora de llegada. Yo estimaba que no sería antes de la 1 AM.

Volví a intentar cargar el teléfono móvil después de llevarlo varios kilómetros expuesto al sol y enchufarle el aire del secador de manos en el baño un buen rato. Esta vez empezó a cargar y pude encenderlo. No lo pude llenar, pero la parada me permitió recuperar la comunicación y el «livetrack» de Garmin. Continué cargándolo en ruta con mi powerbank y afortunadamente no me volvió a dar problemas.

Nos habían dicho que durante todo el día tendríamos viento a favor, pero no sentimos nada de eso. En realidad hubo viento lateral y en los escasos momentos en que soplaba a favor era demasiado débil.

En Frómista, km 942, volvimos a tomar un trozo de sandía y volvimos a comer en la misma terraza de la ida. Eran las 13:30 h y de repente caímos en la cuenta de que estábamos a solo una hora del cierre de control. Nos habíamos confiado y no éramos conscientes del tiempo que habíamos perdido con tantas paradas. Nos pusimos las pilas y conseguimos recuperar algo de tiempo, llegando al control de Tórtoles de Esgueva, en el kilómetro 1016, sobre las 17:30 h, ahora con 3 horas de margen sobre el cierre.

Allí estaban unas simpáticas voluntarias que nos dieron café, MAGDALENAS con Nutella (que nos sentaron muy bien, la verdad), fruta y bebidas. Un chaval se afanaba en ayudar en todo lo posible. Decía que quería ser ciclista. Tratamos de sacarle semejante idea de la cabeza, con poco éxito a juzgar por la cara que ponía. Nos sacamos una foto con las voluntarias en la puerta del control y seguimos, no sin antes convencer a Dani y Javier de repetir la misma operación de las tardes anteriores. Ellos intentarían llegar antes al hotel, y nosotros lo haríamos cuando pudiéramos.

Así seguimos Yolanda y yo, otra vez solos, camino de Aranda de Duero. El atardecer nos sorprendió atravesando las colinas junto al Parque Natural de las Hoces del Río Riaza, dejándonos unas imágenes preciosas, como algún encuentro con corzos. Justo tras la puesta de sol el entorno se volvía mágico, especialmente cuando pasamos frente a Maderuelo, reflejado en las aguas del embalse de Linares del Arroyo. Así llegamos a Ayllón (km 1099) casi a las 22 h, donde hacía fresco y se levantó un viento preocupante. Al cruzar el pueblo nos encontramos numerosos grupos de personas que estaban disfrutando de la noche del viernes en las terrazas, y nos animaron y jalearon con fuerza. Uno de los mejores momentos de toda la ruta.

Nos llegamos a plantear la opción de quedarnos a dormir en el pabellón de Ayllón, donde había colchonetas y nos dijeron que en ese momento se habían quedado 16 ciclistas. No era mala opción, pero eso nos obligaría a ponernos en marcha de nuevo a las 2 AM, lo cual nos parecía demasiado fuerte. Así que decidimos seguir.

La Sierra Norte de Guadalajara

Nos quedaban 60 kilómetros de terreno comanche hasta el hotel Alto Rey, con varias subidas que acumulaban más de 1000 metros de desnivel. Eran las 23 h, por lo que no llegaríamos antes de las 2:30 AM. Llamé al hotel para avisar:

– «Buenas noches, somos los ciclistas que tenemos la reserva en el hotel. Estamos en ruta y es difícil predecir la hora de la llegada, pero seguramente será sobre las 2:30 h. Dos compañeros van por delante y es posible que lleguen sobre la 1 AM»
– «¿Cómo? ¿Que me vais a tener toda la noche abriendo y cerrando puertas?»
– «Bueno, es que estamos en una prueba deportiva y es difícil predecir las situaciones que nos encontramos en ruta»
– «Pero vamos a ver, esto es lo más surrealista que me ha pasado nunca. Me dijisteis que llegabais a las 22 h»
– «Lo siento, no sé exactamente, porque yo no llamé. Estábamos en Palencia y era difícil saberlo»
– «Pues si lo hubiera sabido, no os reservo las habitaciones»
– «Perdón por las molestias. Si usted considera que debemos cancelarlas, nos quedamos en Ayllón, pero hemos adelantado 100 €…»
– (silencio) «Bueno, decidle a vuestros compañeros que os abran la puerta cuando lleguéis»
– «Vale, lo haremos así, pero yo llamaba por si había que identificarse con los DNIs o algo»
– «No te preocupes, eso lo hacemos por la mañana»
– «Es que… verá… pensamos salir muy temprano. Sobre las 6 AM»
– «¿QUEEEEÉ? ¿ME ESTÁS DICIENDO QUE VAIS A LLEGAR A LAS 3 AM, DORMIR 3 HORAS Y OS VAIS A IR A LAS 6 AM? ¡¡No he visto una cosa tan surrealista en mi vida!!»
– «Ya… bueno… es que esto es una prueba deportiva y tenemos que cumplir unos tiempos. Lo hacemos así habitualmente y estamos acostumbrados.»
– «En fin, haced lo que queráis. ¡Esto no me había pasado nunca!»

Las rachas de viento eran molestas. Una de las personas del control nos dijo que el viento venía de la Sierra de la Pela, hacia donde teníamos que subir. Mala noticia. Nos pusimos en marcha de nuevo entre aplausos de la gente que estaba disfrutando de sus cenas en el chiringuito y salimos con bastantes dudas, pero había que hacerlo.

 Al final las sensaciones no fueron tan malas. Cuando empezamos a subir, la zona estaba protegida del viento y la temperatura no era tan fría. Le dije a Yolanda que solo teníamos que subir unos 200 metros hasta los generadores eólicos, pero NO le dije que después venía un terreno mucho peor. El puerto de la Pela tiene algunas rampas duras, pero va ganando altura a base de escalones que se superan bastante rápido. Me empecé a sentir francamente bien. Subía con energía y los metros de desnivel pendiente bajaban a buen ritmo hasta llegar a más de 1400 metros de altitud, junto al parque eólico, donde los generadores con sus luces rojas y sus aspas batientes producían unos zumbidos que daban miedo en la penumbra. Al llegar al cruce de Villacadima (km 1124) calculé que Dani y Javier ya podrían estar llegando. Era más de medianoche. Les hice varias llamadas pero no contestaban. Les envié mensajes pidiéndoles disculpas porque tendríamos que molestarlos al llegar. No recibí respuesta a las llamadas ni a los mensajes. Me preocupé porque pensé que en esa zona igual no tenían cobertura. Entonces miré la aplicación de seguimiento y vi algo raro. Según el tracker, aún no habían llegado al hotel y además estaban separados varios kilómetros. Pensé que podía ser efecto de la falta de cobertura.

Fue una pena no poder disfrutar de las bonitas vistas en el entorno de la sierra con sus pueblos pintorescos, que se intuían tras las continuas curvas, repechos y bajadas que íbamos encontrando. La carretera picaba para arriba hasta Galve de Sorbe (km 1132) y nos sorprendió encontrar bastante tráfico. A medida que nos acercábamos, escuchábamos la música de alguna fiesta cada vez más alta. Pensábamos que podía ser una especie de rave en mitad de la sierra, pero no. Resultaron ser las fiestas del pueblo. Galve de Sorbe estaba lleno de gente que nos miraba asombrada. Al pasar por la plaza se escuchaba con claridad la música de la orquesta y justo en ese momento empezó a sonar la casposa canción «Hoy puede ser mi gran noche». Miré a Yolanda y me dio por reír. Ella ya no estaba para bromas a esas alturas y me reprochó no haberle avisado de la dureza que tenía el terreno que aún quedaba. Solo quería llegar al hotel y aún nos quedaban subidas duras y bajadas con curvas, lo que no le gusta nada.

Esa carretera era conocida por nosotros, ya que hace un par de años hicimos la SR Guadarrama, que pasa por allí. Recordaba vagamente que al pasar Galve y girar a la derecha se encontraba el puerto del Campanario. No quería creerme que hubieran metido esa subida en la ruta, pero mis peores presagios se cumplieron. A esas alturas, Yolanda tenía cara de pocos amigos y no le hizo ninguna gracia rememorar aquella subida. Efectivamente, resultó que tuvimos que subir el Campanario, del que recordaba unas rampas duras, casi a las 2 AM, y llegar hasta los 1568 metros de altitud, EL TECHO DE ESTA MGM, a esas horas.

Aún nos quedaban unos 20 kilómetros para bajar hasta Arroyo de las Fraguas, con un par de subidas intermedias. Este terreno no daba tregua. Empezamos a sentir algo de sueño y Yolanda se puso a cantar, quizá con un punto de reproche sarcástico, «Vamos a contar mentiras». Llegamos al hotel después de tortuguear por las cuestas del pueblo, a las 2:45 h aproximadamente. Llamamos a Javier, que afortunadamente sí tenía cobertura, y bajó a abrirnos, pero… no conseguía encontrar la manera de abrir la puerta. Estuvimos casi 10 minutos esperando en la entrada. En ese momento llegó al pueblo un coche con dos parejas de jóvenes que venían de las fiestas. Uno de los chavales, al vernos trasteando la puerta del hotel en medio de la noche, se acercó con cara de sorpresa y nos espetó:

– «¿Qué, se ha hecho largo el día?»

Cuando le explicamos lo que estábamos haciendo se quedó asombrado. Para nosotros ya es tan normal contar estas historias a personas escépticas que no nos sorprenden sus reacciones.

Ante la imposibilidad de abrir la puerta, Javier se vio obligado a llamar a la malhumorada hostelera, que finalmente tuvo que bajar. Entramos musitando «buenas noches» sin apenas mirarla, esperando su reacción más airada. Sin embargo, resultó ser una de esas personas que en el trato directo se desinflan. La encontramos sonriente y nos hizo un par de comentarios con humor ácido; en el fondo no resultó ser tan «ogro» como cuando llamé por teléfono. Se ablandó e incluso se levantó a las 6 AM, apenas 3 horas después de nuestra llegada, para ponernos un café con MAGDALENAS, que nos supo a gloria. No paraba de decir que era la situación más SURREALISTA que había vivido, pero ya entre bromas y con amabilidad nos deseó una buena ruta y nos despidió cerca de las 7 AM.

Cogolludo y el control fantasma

Nos quedaban 90 kilómetros hasta Torrelaguna. El único punto crítico era el control de Cogolludo, que cerraba a las 10:30 h, pero teníamos tiempo de sobra. Hasta allí nos quedaban solo 24 kilómetros, en su mayor parte favorables. A lo lejos vimos unas luces tintineantes, a las que nos fuimos acercando poco a poco. En las rampas de Veguillas identificamos a 3 ciclistas. Llegamos juntos al control de Cogolludo, en el km 1170, a las 7:40 h. El control se encontraba en unas desangeladas pistas deportivas abiertas a la intemperie, junto a un chiringuito cerrado. No había rastro de pabellón, colchonetas, duchas ni ningún tipo de servicio. Según la organización, dispondríamos hasta de servicio de fisioterapia. Pero lo único que encontramos fue un pobre voluntario que nos atendió con humor y buen rollo, sin poder ofrecernos absolutamente nada.

También había un par de ciclistas derrengados sobre algunas sillas del chiringuito, envueltos en mantas térmicas. Las tres luces que habíamos visto poco antes eran las de unos ciclistas brasileños muy majetes, con los que intercambiamos unas palabras y salimos.

Ya solo nos quedaba cruzar el valle del río Sorbe, subir a Puebla de Beleña y atravesar los típicos pueblos de la zona, muy conocidos para nosotros: Villaseca de Uceda, Viñuelas, Valdenuño Fernández… y el Casar, cruce estratégico de caminos. Decidimos buscar una cafetería para tomar algo y dimos en un coqueto restaurante mexicano en el que me pusieron una de las mejores tostadas de mi vida, con tomate rallado y aceite de oliva virgen extra de Málaga.

Los últimos kilómetros fueron tranquilos, de charleta y disfrute por haber conseguido finalizar esta prueba. Al final entramos en Torrelaguna a las 11:34 h, con 2 horas y media de margen sobre el cierre de control, es decir, justo dentro de los planes previstos, aunque para ello habíamos tenido que hacer algunos ajustes horarios durante todo el recorrido, principalmente reduciendo las horas de sueño que nos habría gustado disfrutar las noches anteriores.

La llegada

La Organización nos deparaba otra decepción a la llegada. Esperábamos cruzar el arco hinchable que dejamos atrás en la salida, pero ya lo habían desmontado. Parece una tontería, pero hubiera sido un detalle para los ciclistas que llegábamos en tiempo. El arco de llegada no es necesario, pero es simbólico y siempre gusta encontrar ALGO de ambiente cuando terminas una prueba. Al menos tuvimos la suerte de que varios de nuestros queridos compañeros del Pakefte se habían desplazado en bicicleta para esperarnos, aplaudirnos y abrazarnos a la llegada. Más que suficiente y muy emotivo para nosotros. También estaban allí la mujer e hija de Dani, la mujer de Javier y nuestro compañero Miguel Prada junto con su mujer, que tanto nos habían ayudado con la logística en Gijón y en Torrelaguna. Es fantástico sentirse apoyados y animados por tan buenos amigos.

Los datos finales

Finalmente, tras las adecuaciones necesarias durante la ruta, nuestro trayecto quedó así:

Sector 1: Torrelaguna - Cangas de Onís

Salida el 18/Agosto a las 20:15 h, llegada el 20/Agosto a las 2:00 h AM

Sector 2: Cangas de Onís - Guardo

Salida el 20/Agosto a las 8 AM, llegada el 21/Agosto a la 1:55 h AM

Sector 3: Guardo - Arroyo de las Fraguas

Salida el 21/Agosto a las 6:30 h, llegada el 22/Agosto a las 2:40 h AM

Sector 4: Arroyo de las Fraguas - Torrelaguna

Salida el 22/Agosto a las 7:00 h, llegada el 22/Agosto a las 11:34 h

Capturas del sistema de seguimiento:

Conclusiones

Esta prueba es verdaderamente bonita por el reto del recorrido, por atravesar regiones de alto valor cultural, por sus tramos de naturaleza salvaje y por ofrecer al visitante una visión cercana de la gran diversidad de nuestro país. Desde su creación, la Madrid-Gijón-Madrid se conformó como una de las cuatro grandes pruebas deportivas de larga distancia en formato randonneur, siendo el referente español y con aspiraciones de acercarse a las otras tres grandes: la 1001 Miglia en Italia, la Londres-Edimburgo-Londres en Reino Unido y la París-Brest-París en Francia. Por desgracia, con el paso del tiempo y debido a la falta de interés del organizador, ha ido perdiendo todo su crédito en las esferas nacionales e internacionales. Muy pocos ciclistas españoles quieren inscribirse y los que vienen del extranjero, motivados por el hecho de conseguir una medalla más (homologable por LRM de cara a obtener su clasificación para la PBP) no ocultan su decepción, asegurando que es la prueba peor organizada que han visto. Esto nos llena de tristeza a los españoles, que quisiéramos mostrar al mundo las bondades de nuestra tierra.

Sin duda la prueba tendría otro cariz si la Organización mostrara un poco de empatía hacia los participantes y una pizca de la pasión que se nota en las grandes pruebas de este estilo en otros países. O, al menos, que no publicitara una serie de servicios que supuestamente se ofrecen, pero que NO se encuentran en los lugares donde son más necesarios, simplemente porque el organizador ha decidido quedarse con el importe de la inscripción a modo de canon por la homologación, creyéndose con derecho a obtener el máximo beneficio posible sin dedicar un presupuesto mínimo a ofrecer los servicios que se esperan (y que otras organizaciones SÍ dan).

Sin embargo, haciendo balance, a pesar de la desastrosa (y a ratos ofensiva) falta de organización, caracterizada por una desidia que no había visto nunca por parte de un promotor de pruebas deportivas, la MGM ha resultado una experiencia fantástica de compañerismo que ha reforzado los vínculos entre los amigos que la hemos compartido de principio a fin. También nos ha servido para ganar un poco más de experiencia en el pequeño mundillo del ciclismo randonneur, al que me siento tan vinculado.

Muchas gracias por seguirme hasta aquí y perdón por la extensión de este relato.

Las fotografías mostradas en este artículo han sido cedidas por los ciclistas que protagonizamos la historia, así como algunos amigos que acudieron en algún momento a animarnos.