Vídeo resumen de la prueba
"Cree en ti"
Esta es la frase que me muestra cada mañana mi reloj Garmin Fénix, después de presentar un informe de salud con los datos del sueño y otros parámetros que considera relevantes, a los que yo apenas presto atención. Simplemente los paso con un rápido scroll hasta que se cierra el informe y me deja ver la hora del día en la pantalla principal.
El domingo 17 a las 7:30 AM volvió a saltar este mensaje en la pantalla. Pero esta vez no me despertó y sí me llamó la atención. Una sonrisa me iluminó el rostro. Estábamos llegando a Peñafiel (spoiler) ya con el sol calentando tras una noche muy fría, en esa etapa eterna que nos había llevado a cruzar media península desde Portilla de la Reina (León). Habíamos dejado atrás el puerto de San Glorio, la interminable bajada a Potes, el Desfiladero de la Hermida y posteriormente San Vicente de la Barquera, para volver a la meseta en una larguísima subida de varias horas desde Cabezón de la Sal por el valle de Cabuérniga y el río Saja hasta el puerto de Palombera. En una travesía infinita cruzamos toda la provincia de Burgos de Norte a Sur y de Este a Oeste, desde el Embalse del Ebro en Arija, siguiendo por las Hoces del Alto Ebro y Rudrón (incluyendo el bonito pueblo de Orbaneja del Castillo) hasta Tubilla del Agua y Masa, para bordear la propia capital burgalesa con rumbo al valle del río Esgueva, que nos introdujo en Palencia. Finalmente descendimos a la Ribera del Duero en Peñafiel (Valladolid), con el sol ya elevándose sobre el horizonte.
En ese momento ya solo teníamos ante nosotros los últimos 180 kilómetros del Brevet, para los que disponíamos de unas 12 horas (hasta las 22 h), pero había que cruzar el Este de la provincia de Segovia con las colinas, valles y falsos llanos de Cantalejo y Caballar, para seguir por la Granja de San Ildefonso y franquear la Sierra de Guadarrama por las Siete Revueltas, una subida temible después de la paliza que llevábamos encima.
Al final estábamos entrando en Peñafiel a las 8 de la mañana. Teníamos solo una hora y media para descansar en el Hostal Infante, pero merecía la pena. Siempre se agradece una ducha renovadora y un sueño sobre una cama, aunque solo sea de cuarenta y cinco minutos mal contados. A las 9:30 h estábamos saliendo de nuevo, pertrechados con nuestras bicicletas y las bolsas cargadas de ilusión. Buscábamos una cafetería para desayunar, pero casi todo estaba cerrado y terminamos en pleno centro urbano. A esa hora por el barrio se extendía el olor a vino de la Ribera del Duero y el ambiente de las fiestas taurinas que coincidían con ese fin de semana. Salimos de desayunar y nos encontramos con la calle principal vallada (por donde transcurría nuestro track). Nadie sabía darnos indicaciones concretas sobre la manera de salir del pueblo, así que finalmente la encontramos por nuestros medios, dando un gran rodeo que nos costó unos minutos preciosos.
Empezábamos a ver las cosas claras. Habíamos llegado a ese punto porque «creímos». Sin darnos cuenta de lo que estábamos haciendo, Manuel Burgos («Mabur») y yo habíamos superado un reto del que no fuimos completamente conscientes hasta unos días después. Habíamos recorrido 400 kilómetros en cada una de las dos primeras jornadas, completando 818 hasta Peñafiel en dos tiradas. Habíamos recuperado el tiempo que el fuerte viento del norte nos hizo perder en la primera etapa. Y «creímos» porque no había otra opción. Porque la alternativa era rendirse. No sabemos si nuestra motivación venía de la «Fascinación del Objetivo» (término acuñado por nuestro amigo Roberto Fernández) o del orgullo herido que sientes cuando te ves obligado a dejar una prueba, pero lo cierto es que ya han sido varias las ocasiones en que Manolo y yo nos hemos visto envueltos en situaciones límite… ¡y siempre hemos conseguido superarlas! Nos acordábamos de la SBAA2021, la LEL2022, el BRM600 de Ademuz el año pasado, el BRM1000 de Astorga o incluso de mi durísima experiencia personal en la PBP2019, cuando llegué al límite. Dicen que muchas veces una retirada a tiempo es una victoria, pero en nuestro fuero interno nos habríamos sentido derrotados si hubiéramos abandonado la prueba en alguna de las múltiples ocasiones en que nos lo planteamos a lo largo de todo el evento.
Desde Cantalejo, en el km 890 aproximadamente, Manolo insistía mucho en que me fuera por delante y no lo esperara. Él tiene muchos «miles» y uno más no le suponía un deseo especial. Sabía que era mentira, pero también que él tiene muy claro lo que hay que hacer en estos casos. Él me veía más fuerte y pensaba que me estaba poniendo en compromiso. Yo no lo tenía claro, pero también me di cuenta de que él iría más cómodo a su ritmo, así que decidí obedecer. Hice por delante todo el tramo hasta la Granja pero, para mi sorpresa, lejos de sacarle distancia, Manolo se iba acercando cada vez más. Tenerme como referencia en el horizonte le hacía recuperar el terreno que perdía en los toboganes de subida (en los que supuestamente yo iba mejor), así que al final no le saqué tiempo y nos volvimos a reunir en la Granja.
Eran casi las 16 h y solo nos separaba del éxito la inmensa mole de Guadarrama. Teníamos 6 horas para recorrer los últimos 80 km. Las nubes negras no nos dejaban ver la deseada cumbre de Navacerrada, dominada por la inconfundible Bola del Mundo. Comenzamos a negociar las curvas de Valsaín cuando empezó a descargar una tormenta descomunal. En ese momento, Manolo y yo íbamos separados. Los goterones rebotaban con violencia sobre el asfalto y yo iba completamente empapado. Acerté a vislumbrar unas luces y un restaurante a la derecha. Salí rápidamente al arcén y me arrimé a la pared bajo el estrecho margen en que el tejadillo me protegía de la lluvia. Respiré profundamente, dejé la bicicleta lo más protegida que pude y entré al restaurante. Un par de minutos después apareció la luz de Manolo entre la lluvia, lo llamé desde la puerta y entró al restaurante. Allí estábamos los dos, ateridos y empapados, esperando la escampada, pero cada vez más fríos y frustrados, en medio de un tendedero improvisado en las sillas del bar, al lado de un grupo de montañeros que celebraban entre copas sus anécdotas del día y nos miraban de reojo.
Pero todo eso se relatará a su debido tiempo. La historia venía de atrás… y comenzó 69 horas antes, el 14 de Mayo a las 19 h en la Plaza de la Remonta, en Madrid. Un grupo de 25 ciclistas se habían concentrado en la sede del Club Ciclista Chamartín para realizar el Brevet de 1000 km organizado por este club. Muchos éramos viejos conocidos. Se nota que a las pruebas largas de verdad solo terminan apuntándose veteranos randonneurs, y más cuando las previsiones meteorológicas no eran nada halagüeñas.
Los preparativos.
Ahora volvamos atrás, al principio de todo. Estas pruebas en realidad siempre comienzan varios días antes, cuando te inscribes y empiezas a analizar el recorrido y las previsiones. Llevaban varios días anunciando lluvia y la llegada de una masa de aire frío que suponía un regreso al invierno. No me gustaba la idea, pero a mal tiempo buena cara, no quedaba otra (porque la agenda no me permitía encontrar otra fecha para homologar el brevet de 600 km o más, necesario para participar este verano en la Madrid-Gijón-Madrid), así que me presenté en la Remonta equipado para todo.
Llevaba dos chaquetas, una más abrigada que la otra, un chubasquero, dos maillots cortos, una camiseta térmica y dos más ligeras, un culotte largo, otro corto, pantalones de agua, perneras, manguitos, braga para el cuello, gorra bajo casco y gorro impermeable para el casco, además de unos guantes cortos, otros largos y otros de agua que compré en Londres cuando afrontábamos la apocalíptica tormenta Floris (LEL2025). Además, como siempre en este tipo de pruebas, llevaba mis luces cargadas, baterías de repuesto, powerbank, herramientas diversas, manta térmica, crema solar, protector de labios, navaja multiusos, crema Assos, Omeprazol y cápsulas de cafeína. Esta vez solo llevaba unas gafas fotocromáticas para todo el recorrido, evitando la incomodidad de llevar dos unidades de gafas o tener que cambiar de lentes, como me ha ocurrido en otras pruebas.
Jornada 1 - 14/5 19 h (Madrid) - 15/5 22 h (Portilla de la Reina, km 403)
Salida y primeros kilómetros.
Las sensaciones no eran muy buenas a la salida de Madrid por el carril de Colmenar. Se percibía tensión y exceso de respeto. El grupo se cortó en varios bloques demasiado separados. Al principio me vi rodando con algunos «gallos» como los famosos Alejo, Miguel Urquijo, Rufino y otros. Alcanzamos a José Manuel Andrey (el líder de los eventos de larga distancia del CC Chamartín), que se había adelantado en los semáforos al salir de Madrid. Rodé un rato con él, hasta que decidí dejarme caer para esperar a mis compañeros. Por ahí estaban también Luis, el ciclista cubano, Daniel Medrano (CC Tres Cantos), Juan Pablo (CC Chamartín) y Miguel Martínez, entre otros.
no apareYo sentía la confianza de haber recorrido un trazado muy similar apenas unas semanas antes, en el Brevet de 400 km a Comillas, organizado por el mismo club, pero en esta ocasión íbamos más tensos, más callados y con más frío. El viento ya movía bastante las hojas, como preludio de lo que vendría después. Rodeamos el embalse de Santillana, pasamos Manzanares el Real y los de atrás seguían sin conectar. Finalmente paramos junto al centro comercial del Lidl de Cerceda, donde aprovechamos para comer algo, y allí nos alcanzaron Marcin, Yolanda y Mabur. El sol ya se había puesto y comenzamos a subir Navacerrada con luz artificial. Mabur subía un poco más lento. Casi todo el grupo se había ido por delante, incluido Marcin. Yolanda y yo nos quedamos en un punto intermedio; no sabíamos si quedarnos esperando a Mabur o subir a nuestro ritmo y reagruparnos arriba (al final esto fue lo que hicimos). El viento iba arreciando a partir del Ventorrillo, especialmente en las zonas abiertas de los dos últimos kilómetros, donde sentí varios balanceos muy fuertes, que casi me sacan al arcén. Coroné yo solo y bajé hasta la primera fuente, donde encontré que no caía apenas agua. Allí estaban los del CC Tres Cantos, José Luis Domingo y Joaquín Almirón, terminando de llenar sus botellas con un hilillo de agua. Mis compañeros no aparecían, así que los de Tres Cantos salieron y me quedé solo. Pasaron un par de ciclistas que habían parado en la fuente de los Geólogos, pero no había rastro de mis compañeros. Empecé a preocuparme. Nos habíamos retrasado mucho con respecto a todos los planes, hasta el punto de que habíamos calculado llegar justos para poder cenar en alguno de los restaurantes de Segovia que cerraban más tarde, pero ya no íbamos a llegar antes de la 1:00 AM, lo que suponía que no hubiera nada abierto.
Finalmente llegaron los tres, con caras no muy buenas. Mabur no había tenido buenas sensaciones en la subida y Yolanda tampoco estaba muy fina, sobre todo afectada por las rachas de viento frontal y lateral. Bajamos despacio hasta Valsaín. Intenté tirar del grupo pero íbamos dispersos y desanimados. Marcin se adelantaba, rodando un poco más deprisa, y deteniéndose a esperarnos periódicamente. Yolanda se quedaba un poco para esperar a Mabur, que iba a su ritmo, quizá un poco más lento de lo habitual, pero ya lo conozco y sé que él siempre va de menos a más, así que no me saltó la alarma. Al poco tiempo fue Yolanda la que se quedó un poco atrás. Manolo me alcanzó y la esperamos, pero ella no llegaba. Me dijo que la había visto muy pesimista, pensando en retirarse porque no se encontraba bien. Me dio un bajón, porque yo mantenía la ilusión de hacer la ruta completa, pero las cosas se estaban torciendo. Entonces me dijo que sospechaba que Yolanda se había quedado atrás voluntriamente para darse la vuelta sin avisarnos, y así evitaba crearnos conflicto. Un poco hundidos, tomamos rumbo a Segovia, con Marcin por delante.
Cuando llegamos a la plaza del Acueducto había pasado ya la 1 AM. El grupo de tricantinos y otros había conseguido entrar en el Burger King, pero la puerta ya estaba cerrada y nosotros no pudimos entrar. No había restaurantes abiertos, pero encontramos un «vending» con máquinas de comida y bebida abierto 24 horas. Para mí, este tipo de lugares son perfectos. Suelo preferir las paradas rápidas en gasolineras o sitios de comida rápida, mejor que bares y restaurantes en los que tardan en servir la comida.
Entonces vimos llegar a Yolanda. Una esperanza se me encendió momentáneamente, hasta que se acercó más y con gesto muy serio nos dijo que abandonaba. Había parado por alguna razón pero después había seguido el camino a Segovia. No se encontraba bien. Se iba a buscar un hotel y se quedaba en Segovia esa noche. Antes de despedirse, cogió algo de las máquinas. Cuando estábamos listos para seguir, el grupo principal de ciclistas seguía dentro del Burger. Como trío superviviente atravesamos Segovia, comandado por Marcin. Pero justo en la última rotonda antes de salir de la zona urbana se detuvo, nos agrupamos y nos dijo que se volvía para atrás. Había decidido que no quería pasar la noche y el día siguiente pedaleando contra el viento. Se sentía débil y quizá enfermo. La verdad es que le vi mala cara, con los ojos hundidos. Cuando nos estábamos despidiendo llegó el grupo principal liderado por los tricantinos y nos unimos a ellos para afrontar la noche con viento en contra. Mabur me dijo que también había pensado en abandonar, pero le dio pena dejarme solo (los cuatro habíamos hecho planes para las paradas en puntos estratégicos) y decidió continuar conmigo. Arropados por el grupo, comenzamos una nueva fase de la prueba.
La noche
El grupo nos vino muy bien para espabilar. Habíamos acumulado ya bastante retraso y las cosas estaban complicadas, porque el viento no nos dejaba rodar con alegría, pero al menos el grupo nos permitía cobijarnos un poco y repartir los esfuerzos a base de relevos que, aunque no estaban muy bien organizados, nos permitían avanzar mucho más que en solitario. Pasamos Santa María la Real de Nieva, Nava de la Asunción y Bocigas, rodando a ritmo aceptable. Aun así, no llegamos al control de Olmedo, en el km 164, hasta las 4:30 AM. El hotel-restaurante Piedras Blancas abre 24 horas, así que pudimos comer unos bocadillos y reponer fuerzas hasta las 5:15 h aproximadamente. En ese punto varios ciclistas decidieron dejarlo, entre otros el «capo» Andrey. La ruta estaba siendo muy dura por la permanente lucha contra el viento y habían perdido la ilusión. En mis previsiones me había puesto como objetivo llegar a las 3 AM y parar solo 30 minutos, así que ya llevábamos un retraso acumulado de casi 2 horas con respecto a mis planes. Eso no era ideal, pero había que adaptarse a las circunstancias y no era momento de pensar en objetivos, sino en salvar la situación. Salimos de allí ya completamente abrigados para afrontar la madrugada y el amanecer, los momentos más fríos del día. El viento seguía soplando, aunque con menos fuerza a esas horas. Llegamos a Tordesillas, km 205, a las 7 AM. Manteníamos casi 2 horas de retraso con respecto a mis planes. En ese momento seguíamos en el grupo 9 ciclistas: Luis (el cubano), Mabur, Miguel Martínez, Joaquín Almirón, José Luis Domingo, Daniel Medrano, Juan Pablo (del CC Chamartín) y yo.
Tierra de Campos y el viento.
El viento volvió a soplar cada vez más y en el siguiente tramo, ya plenamente en dirección norte, nos fuimos retrasando de nuevo, llegando a Medina de Rioseco, km 250, a las 10 AM. En ese punto hubo varios compañeros que decidieron abandonar. No se veían luchando contra el viento mucho más, y la idea de girar hacia el Este para buscar el tramo de vuelta y librarse del viento era demasiado tentadora. David, un tipo fuerte y rodador, había malgastado algunas fuerzas yéndose solo por delante durante la ruta. Aunque tenía fuerzas de sobra, no le gusta nada el frío y el viento. Su pueblo se encontraba en un punto cercano y tenía muy fácil la escapatoria. Miguel no se encontraba muy fuerte y también se dejó llevar por los cantos de sirena que le invitaban a tomar dirección Este. Dani Medrano tomó la decisión de quedarse en un albergue del Camino. El grupo se atomizó completamente y solo unos pocos salimos de allí decididos a completar la etapa, aunque fuera con todo el retraso que llevábamos.
En los siguientes 80 kilómetros nos quedamos en el grupo 4 ciclistas: Joaquín, Juan Pablo, Mabur y yo. No sé en qué momento desaparecieron Luis y José Luis, pero seguían en ruta y creo que iban por delante. El tramo de Tierra de Campos se hacía eterno. A las 13 h nos paramos a comer algo en un encantador bar en el centro social de Villada, km 295. Estuvimos una hora parados y sufrimos alguna confusión al salir del pueblo, ya después de las 14 h. Tomamos rumbo a Saldaña por una carretera terrible junto al Camino de Santiago. El viento y los baches de la carretera eran insoportables por momentos. Una vez más nos pareció que había pasado una eternidad cuando alcanzamos el área de servicio de Saldaña a las 16:15 h. Tomamos algo rápido, sellamos y volvimos a salir en 30 minutos. Al lado de la carretera veíamos hoteles que nos invitaban a abandonar. Estábamos hartos de penuria y de viento, pero siempre decíamos: «Uno más». Y Mabur siempre decía «Lo que tú digas, Jose». Así que seguíamos… Estábamos en el km 335, eran las 16:45 h y según mis planes deberíamos haber salido de allí a las 12 para pernoctar en Cabezón de la Sal, en el km 510, sobre las 22-23 h. Juan Pablo iba más fresco, pero había encontrado una alternativa gracias a su compañero Paco, del CC Chamartín, que vivía en Portilla de la Reina (km 403) y le había ofrecido alojamiento, extensivo a otros ciclistas que lo necesitaran.
Joaquín iba penando a un ritmo irregular, a base de arreones. No paraba de mandar y recibir audios mientras hacía planes logísticos alternativos, buscando lugares en los que quedarse.
En ese momento llevábamos casi 5 horas de retraso, mucho más cansancio acumulado de lo previsto y aún nos quedaba lo peor. No íbamos a llegar a Cabezón hasta las 4 ó 5 de la madrugada… Había que asumir la realidad y quizá fuera mejor abandonar en la Meseta.
El Norte.
El tramo de Saldaña hasta Guardo fue el peor de toda la ruta. El viento se convirtió en un huracán en contra. Solo pedaleábamos como espectros en el altiplano, sin cruzar palabra entre nosotros, apenas a 15 km/h de media. Juan Pablo se fue por delante, camino de Portilla, donde se iba a alojar. Nosotros íbamos muertos. Vimos una gasolinera en mitad del altiplano y decidimos que había que parar otra vez. Eran las 18 h y estábamos en el km 355, todavía a 10 km de Guardo. En ese punto yo ya tenía claro que quería abandonar en Guardo, en el km 365. Había encontrado un hotel en mi móvil y solo deseaba llegar para poner fin al sufrimiento. A las 19 h llegamos a una terraza en Guardo, con 5 horas de retraso. Montamos reunión de crisis. O nos quedábamos allí o nos arriesgábamos a quedarnos tirados en las montañas, en un punto sin retorno.
En ese momento surgió el fénix Joaquín Almirón, que cogió su teléfono y llamó a Paco, el socio del CC Chamartín, sin conocerlo de nada. Le pidió alojarnos en su casa de Portilla de la Reina. Paco no dudó ni un momento en invitarnos a todos. Solo teníamos 40 kilómetros hasta ese punto y esto nos daba una última bala. Podíamos hacer ese tramo aunque fuera arrastrándonos; después cenar, descansar, y mañana ya veríamos. La decisión era fácil.
A la salida de Guardo afrontábamos varias subidas. Primero por el río Carrión hasta Velilla y después por el Parque Regional Montañas de Riaño, pasando por el Alto de las Portillas y el Puerto de los Picones antes de bajar a Boca de Huérgano. Empezamos a ver nieve en las montañas, el viento amainó y el sufrimiento se fue convirtiendo paulatinamente en esperanza. El atardecer teñía el horizonte de una luminosidad mágica. En la soledad de las montañas bromeábamos con la posibilidad de encontrarnos con osos, que se supone habitan esas comarcas. Empezó a anochecer a medida que llegábamos a Portilla de la Reina, lo que en parte nos ahorró el disgusto de ver las laderas quemadas por los incendios del verano pasado. También empezó a lloviznar, por lo que la parada en el km 403 nos supo a gloria. Habíamos invertido 26 horas y 45 minutos en 403 km. Ni siquiera éramos conscientes, pero estábamos en una situación preocupante, ya que el tiempo límite estándar para un 400 son 27 horas y casi lo habíamos apurado… Nos quedaban todavía 600 km por recorrer en las siguientes 48 horas, pero estábamos destrozados y había que dormir algo.
Compramos unos bocadillos en el Restaurante Pico Tres Provincias de Portilla pero el bueno de Paco se había llevado el sello a su casa para evitarnos molestias. Vino al bar y nos echó una reprimenda por haber pasado de largo, lo que nos supuso perder tiempo, ya que él lo tenía todo preparado en casa. Guardamos los bocadillos para el día siguiente y bajamos a su hogar. Fue un gustazo increíble entrar en un lugar calentito y protegido, darnos una ducha «reparadora» (valga el tópico) y sentarnos a cenar. Teníamos unos suculentos macarrones con tomate, con unos muslos de pollo de segundo. Todo muy completo.
El parón no me sentó bien. Mi estómago, que a veces me causa problemas de acidez y digestiones pesadas, no había asimilado demasiado bien el día de comidas dispares, bebidas isotónicas, barritas y gominolas. Comía la pasta lentamente, con amenaza de náuseas. No pude comer el segundo plato y empecé a sentirme mareado. Paco me trajo un recipiente por si necesitaba vomitar. Sentí que las cosas me daban vueltas, cerré los ojos y estuve unos minutos semi-dormido, hasta que empecé a recuperarme sin que la cosa fuera a mayores. Agradecí a Paco sus atenciones y subí a dormir. Cuando llegué al dormitorio compartido con Mabur, él había hecho las dos camas y prácticamente me arropó para dormir.
Me quedé dormido enseguida y las 5 horas que decidimos descansar se me pasaron volando. A las 4 h AM sonaron varios relojes simultáneamente. Nos levantamos y, como suele suceder en estos casos, de repente sentimos una ola de energía inexplicable. Paco ya nos tenía preparado el desayuno y ni siquiera nos dejó recoger nada. Nos acompañó a la salida y nos deseó suerte. Qué gran persona y qué hospitalidad la de Paco. ¡Para estar eternamente agradecidos!
Jornada 2 - 16/5 4:30 h (Portilla de la Reina) - 17/5 8:00 h (Peñafiel, km 818)
San Glorio. Subida y bajada.
Después de hacer un 400 en tiempo límite teníamos por delante una tarea hercúlea. Eran las 5 AM y, si queríamos llegar a nuestro destino previsto, tendríamos que rodar más de 400 km en un día. Normalmente deberíamos tardar 21-22 horas de tiempo bruto, lo que suponía que era objetivamente imposible llegar a Peñafiel antes de las 3 AM, pero quizá queríamos engañarnos a nosotros mismos, manteniendo que pensábamos llegar «alrededor de la media noche». El autoengaño era aún más flagrante si teníamos en cuenta que tendríamos que subir el larguísimo puerto de Palombera después de haber estado al nivel del mar en San Vicente de la Barquera.
Pero bueno, no era momento de amargarse. Se trataba de ir «partido a partido», y el primero era la subida a San Glorio. Afortunadamente ya estábamos en las montañas y la subida al puerto solo tenía unos 300 metros de desnivel total. Lo subimos cómodamente, sobre todo Juan Pablo, que iba muy sobrado y cogió delantera. Yo me quedé en tierra de nadie, sin apretar para perseguir a Juan Pablo pero sin dejarme caer para unirme a Joaquín y Mabur, que venían por detrás. Así llegamos al Puerto de San Glorio, en el km 415, a 1500 m de altitud. Nos hicimos unas fotos y nos lanzamos a descender el puerto en plena madrugada gélida. Apenas llevaba 500 metros cuando me di cuenta de que no llevaba las gafas. Me las había dejado en el punto donde me abrigué, junto al quitamiedos. Tuve que volver atrás y, por suerte, allí estaban. Se me habían caído al suelo. Media vuelta y para abajo de nuevo.
El descenso a Potes fue muy largo y gélido. En ese punto, Juan Pablo ya se había marchado por delante y dejamos de verlo. Como tenía un alojamiento distinto, no nos preocupaba mucho separarnos. Y por otra parte, teníamos dudas sobre nuestra capacidad para terminar la prueba, así que era mejor que cada uno cuidara de sí mismo en lugar de lastrarlo. Queríamos que el descenso finalizara a la vuelta de cada curva, pero no era así. El frío se acumulaba en nuestros músculos, nuestras manos, nuestros pies… Yo empecé a tiritar, la bici se movía… Llegando a Potes a las 6:45 h se abrió a nuestra izquierda la impresionante vista de los Picos de Europa con sus cumbres ya iluminadas por tímidos rayos de sol y la niebla pegada al valle. Un momento fantástico. Desde allí ya se podía pedalear para ir entrando en calor poco a poco.
Al llegar a Potes, Joaquín giró a la izquierda. Le grité que el track iba hacia la derecha y rectificó. Siguió por delante, buscando algún sitio para tomar algo caliente, mientras yo esperaba a Mabur en el cruce. Cuando llegó, tomamos el camino directo, mirando por si encontrábamos alguna cafetería, pero no hubo suerte. Seguimos nuestro camino hacia el Desfiladero de la Hermida sin volver a ver a Joaquín. Tampoco vimos su bicicleta parada en ningún sitio, así que seguimos descendiendo. Luego supimos que había parado en algún sitio y se había sentido mal, pero ya quedamos separados y no volvimos a verlo en el resto del camino.
La costa cantábrica.
Ya en pareja, Mabur y yo llegamos a Unquera a las 10 de la mañana. Pensamos que Joaquín llegaría hasta allí y se detendría a descansar en el hotel que tenía reservado, aunque no hubiera hecho uso durante la noche. Llegamos a San Vicente de la Barquera, km 491, después de las 9 h de la mañana. Nos tomamos unos riquísimos pinchos de tortilla en el restaurante El Bodegón, donde sacamos los carnets para sellar pero el camarero estaba demasiado ocupado sirviendo desayunos. Cuando empezamos a subir el puerto a la salida de San Vicente, Manolo iba chequeando las cosas y me dijo… «Oye, que no hemos sellado!!». Yo insinué… «¿Y no vale con presentar el ticket del restaurante?». Mabur me miró y no contestó, pero su mirada lo decía todo: «Ni de broma». Nos tocó bajar dos kilómetros y desandar (o desciclar) el camino hasta el restaurante, donde el dueño ya nos estaba esperando para sellar.
El camino hasta Cabezón de la Sal fue pesado, con pequeñas subidas encadenadas para ganar altura creciente. Llegamos al km 513 con 40 horas brutas a las 11:15 AM. Volviendo a comparar con mi plan inicial, acumulábamos 7 horas de retraso en total. Eso significaba que tendríamos que hacer un gran esfuerzo para remontar o nos tocaría quedarnos sin dormir la última noche.
Valle de Cabuérniga y río Saja.
Desde Cabezón teníamos que remontar todo el valle, pasando primero por la zona de Cabuérniga, junto al pintoresco pueblo de Bárcena Mayor. Más adelante fuimos remontando el curso del río Saja, pasando por algunos puentes sobre él. Nos paramos en el pueblo de Saja a comer un poco de los bocadillos que habíamos cogido en Portilla, y seguimos subiendo a ritmo cansino. En la parte alta del puerto se abrían grandes vistas al valle, especialmente en el mirador «Balcón de la Cardosa«, y un poco más arriba empezaba a aparecer la nieve. Una subida preciosa. Una vez coronado el puerto, nos dejamos caer a Espinilla y al control desatendido de Villacantid, en el km 556, donde llegamos a las 15:25 h. Mis previsiones iniciales suponían llegar a este punto a las 8:15 h, seguíamos incrementando el retraso, ya por encima de las 7 horas.
El Alto Ebro y Burgos.
Desde Villacantid bajamos a Reinosa, donde paramos a comer unos platos combinados, tratando de no perder demasiado tiempo, pero era inevitable. Después rodeamos el embalse del Ebro y por fin dejamos la comunidad cántabra para entrar en la provincia de Burgos por Arija.
Se suponía que el viento nos iba a ayudar ese día, pero lo cierto es que tampoco sentíamos que soplara tanto a favor. Rodábamos pesadamente y, aunque los kilómetros iban cayendo, nos desesperaba el rápido paso del tiempo. Llegamos a Ruerrero a las 19 h. En el control sellamos, nos tomamos un refresco y salimos rumbo a las Hoces del Alto Ebro.
Pasamos por Orbaneja del Castillo, en el km 628, y nos hicimos una foto en su bonita cascada a las 20 h. Seguíamos sin querer ser conscientes de que nos faltaban 190 km para llegar a nuestro destino en Peñafiel. Eso suponía aún 10 horas de pedaleo neto más paradas. Difícil llegar antes del amanecer.
El resto del camino hasta Burgos se hizo lento y pesado. Fuimos abandonando el valle del Ebro y subimos a Masa, desde donde enfilamos rumbo a Burgos. Los kilómetros y las horas fueron cayendo lenta pero inexorablemente. Cerca de las 12 de la noche paramos en un pueblo a comer algo de lo que llevábamos en las bolsas y a la 1 AM alcanzamos Villalbilla de Burgos, en el km. 699. Aún nos quedaban más de 100 km hasta Peñafiel.
El sueño.
En algún momento me planteé modificar el plan y parar a dormir en algún sitio distinto del previsto, pero al final no me salían las cuentas. Por otro lado, a esas alturas Mabur ya estaba pletórico (sabemos que siempre va de menos a más) y demostrando su conocida capacidad para aguantar el sueño. Así que decidimos seguir adelante.
En varios puntos del recorrido tuvimos que hacer pequeñas paradas («microsueños») en las que nos apoyábamos en algún muro, banco o bajo un tejadillo para cerrar los ojos y dormitar 10-15 minutos, el tiempo justo para descansar un poco sin enfriarse del todo. Por ejemplo, en Presencio (km 734), Torresandino (km 780) y Tórtoles de Esgueva (km 793), donde encontramos una confortable parada de autobús protegida.
Así llegamos a Peñafiel, en el km 818, ya pasadas las 8 AM. Aunque el hotel no tenía recepción 24 h, habíamos tenido la suerte de que Miguel Martínez se alojara allí mismo y el día anterior nos hizo el favor de recoger nuestras llaves. Así que el hombre se encontraba en la puerta del hotel, esperándonos, para darnos el relevo. Nos saludó, nos animó y siguió su ruta. Nosotros no teníamos mucho tiempo, pero decidimos descansar allí hasta las 9 y retomar el camino.
Jornada 3 - 17/5 9:30 h (Peñafiel) - 17/5 22:00 (Madrid, km 1000)
Tormenta y cuenta atrás.
Lo sucedido entre Peñafiel y la Granja de San Ildefonso se contó al principio del artículo. Estábamos refugiados de la tormenta en un restaurante en Pradera de Navalhorno, a 75 km de meta, con apenas 6 horas para terminar la prueba.
La tormenta no remitía y arreciaba por momentos. Aprovechamos el tiempo eterno que estuvimos Manolo y yo en el restaurante para cambiarnos la ropa y ponernos algo seco. Yo saqué también los pantalones de agua.
Cuando llevábamos más de una hora detenidos, nuestros ánimos empezaron a bajar. Lo estábamos viendo demasiado negro. Eran las 17 h, quedaban solo 5 horas para el límite y la tormenta no paraba. Empezamos a tirar la toalla.
Yo me sentía frío y cansado. No tenía ganas de volver a coger la bici. Empecé a pensar en la retirada en serio y ya estaba mirando alternativas de transporte para volver a Madrid. Cuando se lo comenté a Mabur, él me dijo su frase de siempre: «Lo que tú veas». Llevábamos hora y media parados en el restaurante y yo ya no lo veía claro. Quería retirarme. Pero necesitábamos un taxi grande y no sabía muy bien a quíén llamar o qué app podía usar. No encontraba una solución con tarifa cerrada. Pregunté a mis compañeros del Pakefte por Whatsapp. Ya lo estaba planificando todo cuando me dice Mabur: «Mira, ya no llueve».
Eché cuentas rápidamente. Eran casi las 18 h. Nos quedaban 4 horas y 20 minutos de margen para 75 kilómetros. Teníamos la durísima subida a Navacerrada por las Siete Revueltas, lo que nos iba a retrasar mucho… pero también teníamos la larguísima bajada hasta Cerceda por la cara sur… Me había cambiado de ropa y ahora estaba más seco y caliente. Había que intentarlo.
Empezamos a subir las Siete Revueltas y yo me fui un poco por delante, pero Mabur no se despegaba tanto de mi estela. Íbamos subiendo razonablemente. Entonces apareció un ciclista por detrás. Era Luis, el Cubano, pletórico de energía, gritando «¡Vamos, que llegamos!». Un poco más tarde llegó Juan Pablo, que también nos adelantó. Con ánimos renovados llegamos al puerto de Navacerrada, y al comenzar el descenso me crucé con mi amigo Jaime, del Pakefte, que había subido a saludar. Nos lanzamos a bajar todo lo rápido que pudimos y a media bajada encontramos a Marcin, que había venido desde su casa para acompañar en esta fase final. Formamos una buena grupeta de nuevo y rodamos a buen ritmo hasta Soto del Real, en el km 963, donde teníamos el último control. Sellamos a las 20:05 h y nos quedaban 37 km en casi 2 horas. ¡Podemos!
A partir de ahí tomamos el carril bici y descendimos todo lo rápido que pudimos. Aunque el tráfico de Madrid nos provocó cierta retención, finalmente conseguimos llegar al club Chamartín justo a la hora. Allí nos encontramos a José Manuel Andrey, que nos recibió emocionado.
Este ha sido el BRM1000 más sufrido y ajustado de los que he realizado. Me queda la satisfacción de haber superado el reto y, sobre todo, de haberlo hecho con la tranquilidad y paciencia necesarias para no desesperar. Al finalizar estaba muy cansado y he necesitado varios días para descansar, pero no he llegado a la situación límite de alguna otra prueba. En este caso, todo ha tenido una lógica explicación basada en el viento en contra que sufrimos el primer día.
Y como siempre, se sigue manteniendo la teoría de que Mabur siempre va de menos a más. Es el compañero más fiable que conozco, y también el que más motiva porque nunca pone trabas ni te hunde. Como mucho se calla, pero cuando lo miras sabes lo que está pensando. Sin él, no creo que hubiera sido capaz de terminar esta prueba.
Conclusiones.
No quiero finalizar esta crónica sin copiar a continuación el mensaje que puse en el grupo de Whatsapp de Brevets del CC Chamartín, al día siguiente de la prueba:
«No he leído todo lo de atrás aún, pero lo primero que me vino a la cabeza ayer cuando Andrey nos recibió en el club es AGRADECIMIENTO. Este brevet para mí ha sido el de recibir ayuda y favores de todo el mundo desinteresadamente.
Ante situaciones críticas, que alguien te ayude tiene doble valor.
– Andrey esperando en el local pacientemente.
– Mis compañeros del Pakefte, que me animaban por whastsapp y me hicieron seguir cuando estuve a punto de abandonar por la tormenta de ayer en Navacerrada… y después se presentaron en el puerto para animar y acompañar hasta Soto.
– Todo el grupo que se formó en la madrugada del jueves, cuando las cosas se pusieron feas por el viento, haciendo relevos generosos.
– Mi compañero de fatigas, Mabur, con toda su experiencia, sus trucos y su seguridad infalible. Parece que va fundido pero cuando percibe que las cosas pueden ir mal saca el látigo, se pone el mono de faena y dirige el cotarro.
– Joaquín Almirón, un crack, que nos lo puso todo fácil en la tarde del viernes, buscando alternativas de alojamiento y posibles cambios de planes.
– Dani Medrano, que me llamó a las 2 AM posiblemente para ofrecer un alojamiento más cercano que el mío y me hubiera venido mejor por el retraso que llevábamos.
– Miguel Martínez, que tuvo que abandonar pero nos hizo una gran gestión con el alojamiento de Peñafiel, que no tenía recepción nocturna. Nos estuvo esperando toda la noche para darnos nuestras llaves a la hora que fuera.
– Por supuesto a PACO, que nos alojó y nos dio todo lo que tenía en su mansión de Portilla, facilitando todo (hasta el sello del bar), preparando una cena estupenda y estando toda la noche pendiente de nosotros, hasta el desayuno a las 4 AM
A Todos los que han participado con su espíritu, empatía y buen rollo. Enviando información de puntos de control, restaurantes, etc. Intentando hacer la vida más amable.»








Gracias por compartir Jose, me alegra mucho leer esto y haber sido parte. Quedará guardado dentro del baúl de mis mejores recuerdos con la bicicleta.
Todos vamos guardando estos recuerdos y conformando una memoria colectiva que nos une para siempre. Fuiste un gran apoyo en la primera jornada y me siento en deuda por tu ayuda. Esto me hace lamentar más las circunstancias en que nos vimos separados en ruta, pero tienes mi admiración y reconocimiento por tu hazaña, remontando en solitario después de sufrir un desfallecimiento por el frío. Estás hecho del material de la constancia y la perseverancia. Nadie te podrá parar.
Enhorabuena José, un estupendo video, y relato. Veo que pese las dificultades conseguiste hacer volar el dron. Increíble!
Y lo mas importante terminar una prueba que parecia imposible.
A seguir soñando!
La verdad es que no fui completamente consciente del reto hasta que me vi solo con Mabur y una burrada de kilómetros por delante. Tú lo habrías hecho igual, solo te faltó un poco de motivación. Te echamos de menos. Muchas gracias!!
Enhorabuena Jose. Para mí, que llevo pocos años en la larga distancia (empecé mi primera brevet en Enero de 2022) ha sido la prueba más dura en la que he participado y la primera vez que no he terminado una prueba.
Mi admiración por vuestra gestión de tiempos. Me quito el sombrero ante la decisión del segundo día, cuando decidís hacer 400 kms y dormir tan solo una hora. Ahí ha estado esla clave de semejante hazaña, y eso, solo podéis hacerlo los que atesoráias muchos años de
experiencia. Sin esa resiliencia y ese poder de analizar los hechos, esta prueba, tal como se presentó con un inicio muy desfavorable y un viento en contra muy difícil de gestionar, era prácticamente imposible terminarla (me refiero a la tropa media)
ENHORABUENA
Muchas gracias!! Yo solo tampoco lo habría conseguido. Fue la firmeza mental y la determinación de Mabur lo que me dio la confianza necesaria para intentarlo. Y un poco la inconsciencia por autoengaño, también, jaja…